27 noviembre 2011

siempre la casa

Es la casa que más sueño. Siempre la cambio un poco. A veces sueño que trato de llegar, y me pierdo, y nunca la encuentro. Cuando ellos están ahí, trato de entender por qué hace tanto que no nos vemos. Y los pongo al día.
La otra noche, justo antes de quedarme dormida, recorrí la casa. Traté de detenerme en los detalles, en cada rincón: la parrilla y la escalera, el baño de las arañas, el lavadero atiborrado de cosas con su olor siempre a jabón blanco, el ténder, el baño y sus tres puertas, la alacena, el estante con la radio, las sillas plásticas, la mesa redonda, la mesada, los especieros, los cajones, la mesa del televisor, la heladera, la mesita del teléfono con la silla azul, el cuarto del medio, los armarios, la estufa, las puertas con celosías, el dormitorio, la naftalina, el acolchado, las siestas, el patio, la enredadera, el olor del piso mojado, el techito de vidrio, la manguera, las macetas, la mampara, las habitaciones de arriba, las cucarachas -siempre muertas-, las hojas del techo, la brea, la escalerita, el olor a pegamento, los muñecos, las cajas rotuladas ("ojitos", "ranas", "ranas chicas"), la máquina para hacer agujeritos, el pañolenci, los manteles de plástico.
Esa noche soñé con la plaza de enfrente. La calesita era un disco gris y chato que giraba a mucha velocidad. No había nadie. Sola yo, y los fantasmas.

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