Sospecho que nunca más volveremos a usar esa frase, tan habitual de mi adolescencia.
En mi época (sospecho que decir 'en mi época' me coloca en posición de vejez inminente), en mi época, reitero, la sociabilidad púber estaba profundamente ligada al aparato telefónico. Luego de una jornada escolar, o de cualquier otro tipo de encuentro social, en la insoportable soledad de la casa (soledad en el sentido de sin pares), el teléfono era el vehículo de reencuentro con los amigos, el novio, la novia, que también padecían la incomprensión familiar, allá en su casa.
Mi teléfono, cosa curiosísima, tenía la forma de un ratón. Horas hablando por el ratón azul. Casi puedo sentir el hormigueo que quedaba en la oreja después de las extensísimas conversaciones. De qué hablábamos tantas horas, me pregunto e intento recordar. No quiero decir que eran conversaciones más profundas que las del chat, pero sí voy a decir que hablar por teléfono era una actividad con costo. Chatear, nos parece, es gratis. Pero hablar por teléfono tenía una consecuencia económica directa ("¡Vinieron quinientos pesos de teléfono el mes pasado!" reprochaban los señores padres) Hablar por teléfono implicaba ocupar la línea. Ocuparla de un modo definitivo: si alguien está hablando por teléfono, nadie más puede hacerlo ("¡Fulano me dijo que estuvo una hora intentando comunicarse!" se quejaban) Chatear, en cambio, no ocupa nada. Es más, podemos chatear mientras hacemos un montón de otras cosas, no solamente en la computadora. En el chat el silencio no existe, lo cual es lógico porque en rigor tampoco existe el sonido. Pero quiero decir: el silencio no es vacío. La réplica anterior queda ahí, en el mismo sitio donde apareció, mientras vamos a atender el portero eléctrico o nos hacemos un café. Claro que alguno que otro se pone ansioso cuando demoramos en responder. Pero ahí están las palabras ya dichas, llenando el vacío. El silencio es otra cosa. El silencio telefónico es dinero desperdiciado.
El celular permite otro tipo de control. Antes, la cuenta de teléfono kilométrica podía atribuirse a la conjunción de habitantes de una casa, independientemente de la fuerte sospecha que recaía en el elemento púber. Uno podía contraatacar: "Vos hablás un montón también, y Mengano llama a larga distancia". Salvo casos extremos de persecución mediante el temido "detalle", la pelota era más fácil de repartir. El celular, en cambio, no admite confusiones. Cada uno gasta lo que gasta. O, más adecuado: consume lo que consume. Hay un crédito, como en los jueguitos. Si se te termina el crédito, game over. El sistema tiende a la auto-regulación.
Al "¡cortá de una vez el teléfono!" sobrevino el "¡alguien que atienda el teléfono, por favor!". Porque el "alguien puede estar tratando de comunicarse por algo importante", ha sido abatido por "si es importante, me van a llamar al celular".
En fin.
Un día, quizás, les comentaré estas cosas a mis hijos, y ellos me mirarán con una cara parecida a la que puse yo cuando mi mamá me dijo que, en su época, la tele era en blanco y negro.
1 comentario:
Brillante, sintético y emotivo!
Publicar un comentario