05 febrero 2012
Caminaba ya nerviosa por Scalabrini Ortiz, la hora mágica en que el sol cae, la ciudad se oscurece, y las sombras. Alguien caminaba detrás de mí, redoblaba el paso, me seguía cerca. Lo mejor era cruzar la avenida por el medio, un cambio repentino de rumbo definiría las cosas, si me perseguía él o yo misma. El tránsito venía de lejos; entonces, rápidamente en la bocacalle de Niceto Vega, cruzaba yo dos calles en simultáneo. Él (era un él) cruzó conmigo, y ya no hubo dudas. Encaré rápidamente la calle transversal, sin haberlo pensado mucho: lo mejor hubiese sido mantenerse en la avenida, la abierta avenida, la iluminada avenida, la transitada avenida. Ya era tarde, porque dar marcha atrás era lo mismo que entregarse. Apuré el paso hasta la primera perpendicular, para doblar allí hasta la Avenida Córdoba, la abierta avenida, la iluminada avenida, la transitada avenida Córdoba. Apenas unos pasos y estaría dando la vuelta, tan solo unos andamios entorpecían la marcha, una calle en obra, la calle en la que yo quería girar. Él seguía tras mis pasos, no había tiempo para cambiar ahora. Giré, ya con algo de pavor, puesto que la calle y la noche se habían vuelto súbitamente más estrechas. Giré y la calle, ya convertida en andamio, a unos tres metros del suelo, estaba cortada. Un altísimo balcón sin salida, un mirador urbano, del que solo una escalera de bomberos podía sacarme. Atrapada irremediablemente, culpé al municipio. Apenas unos segundos y él estaría sobre mí, y no había nadie más en ese estúpido balcón. Nadie más. No recuerdo si llegué a saltar, si bajé por un tubo, si él me empujó, destruyendo la baranda. Ya en la calle, en la noche, la Avenida Córdoba había desaparecido. Sólo quedaban mis pasos, sus pasos, y la horrible sensación de la ciudad, cambiando a la vuelta de las esquinas.
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