Otro más y van.
Ya no sé si es una preparación, un aviso, una purga.
Siempre en el teatro. Siempre los tres.
Anoche, ella actuaba. Tocaba el piano y yo le miraba los dedos para ver si fingía. Me miraba a la cara, insolente. Me descubría intentando desmentirla. Sabía tocar. Eso, en algún modo, me hería.
Cruzábamos miradas con mi amiga en el público. Ni siquiera importaba de qué iba la obra. Era, probablemente, una muestra de la universidad.
A la salida, un lunch.
Alguien de hace tiempo me daba un abrazo, un muchacho extranjero que ciertamente no tenía nada que hacer allí. Representaba. Número Dos, al otro lado, esperaba su turno para saludarlo. Yo me apartaba para no incomodar. "Los dejo tranquilos", decía en voz alta, y me iba con mi cocacola hacia otro rincón.
Número Tres estaba por ahí. No sé si la ví haciendo algo. El escenario era todo de Número Uno. Y Número Dos, siempre, detrás de escena; el abrazo con el extranjero, mis sospechas.
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