Siempre estuvo ahí, siempre que recuerde. Quiero decir, no estuvo siempre, es claro que no desde el principio, pero ya no recuerdo cuando no estaba. Pequeñita, arrugada en cierta forma, como un fruto demasiado maduro. La tocaba de tanto en tanto, con la curiosidad morbosa de quien se arranca una cascarita.
Un día apareció estrangulada por un pelo. Se había anudado a su alrededor con una determinación insólita. Infructuosamente tratamos de separarlos, pero el tironeo sólo empeoraba el panorama. Estuvo estrangulada unos cuantos días, hasta que, con astucia antiséptica, un algodón embebido en alcohol etílico acabó con el suplicio.
Lo que ocurrió después fue el verdadero horror. Inflamada, roja, dura. Inoculada de una rabia estrepitosa, más viva que nunca y, sin embargo, tan decidida a arrojarse en la tiniebla de la muerte. ¿Cómo, cómo es posible que vaya a secarse, tan redonda por primera vez, tan llena de... algo?
Y sin embargo, el pronóstico fue acertado. Amaneció encogida, como una fruta pasa. Seca, seca, trágica. Oscura.
No es claro aún cuál es la etapa que resta. ¿Caer? ¿Desaparecer, sin más? ¿Fundirse secretamente con su entorno? ¿Dejar una pequeña huella? ¿Debería arrancarla? ¿Debería despedirme? Adiós, verruga. Adiós.
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Y resulta que a él le pasó algo similar, hace unos años ya, y yo sin querer le plagié el relato.
2 en la telaraña:
No sabìa que hubiese volvido. En cuanto al plagio, ponglè que al original le dio mayor difusion.
Cordialmente,
Yo.
¡Tanto tiempo, Niño Errante!
No es que volví, sino que nunca me fui.
Saludos cordiales!
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