15 junio 2012

El abrazo

Se apoyó, de espaldas, en el filo de la mesada de la cocina y sintió que todo se desplazaba hacia atrás: ella, la mesada, la cocina, la casa; y, como por el efecto que produce una puerta giratoria, después estaba del otro lado, del lado del sueño. Una noche de invierno, lejana e irreal, comprando chocolates en un kiosco, con la sensación de tener puesto un gorro de lana, y un acompañante mudo. Ella veía pasar al hombre en bicicleta, como si fuera una casualidad -eso que había esperado y nunca ocurría por aquellos años. Pero era una aparición deliberada, porque se bajaba de la bicicleta, o, mejor dicho, la abandonaba como si saltara de un tren en movimiento, y se acercaba, él también, con un gorro de lana. Vagamente se podría decir que traía un papel en la mano, pero esto no es seguro porque, en cierta forma, era un papel intermitente. Lo importante no era el papel sino la noticia -como si en realidad el papel no fuera más que una garantía de la existencia de la noticia, por así decir. Y, a decir verdad, tampoco era importante la noticia, ni la bicicleta, ni el/los gorro/s de lana; lo importante fue el abrazo. El abrazo claro, prolongado y sincero, algo así como una constante en medio de la intermitencia de todo lo demás. Como una constancia, el abrazo selló algo, rodeó el tiempo y la emoción, redefinió el vínculo.
En la transparencia siempre poco confiable de la vigilia, el suceso del sueño reapareció algunas veces, la imagen se repitió en loop durante todo el día. Pero con el correr de las horas se volvía más y más intermitente, más difuso, más ajeno.
Apoyada de espaldas en el filo de la mesada de la cocina se le ocurrió que el tiempo tenía cabeza y cola, como la serpiente, y que en su fatigoso intento de unir ambos extremos se desplazaba siempre hacia adelante, espasmódicamente, trazando la huella infinita de un bucle.

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