Yo qué quería.
Quería un amor para toda la vida.
Creí que lo había encontrado.
Mi amigo del colegio, mi compañero de banco, el pibe que se sentaba conmigo en la escalera a hablar de cuentos o de cualquier cosa aunque mi novio era otro. El pibe que me hacía reír, que se reía de mis chistes. El pibe que un día miré distinto, que me miró y me abrazó y me abrió un mundo nuevo. El pibe con el que, de viaje, siempre encontrábamos cosas para divertirnos barato. Mi cómplice, mi amante. El pibe con el que me fui de casa, con el que armé un hogar. El pibe que me propuso matrimonio, que se transformó en la familia elegida, en el colchón calentito y amoroso al que volver después de un día de furia o de logros. El pibe con el que nos subimos a un avión y conocimos los lugares más maravillosos de la vida, pero que eran más maravillosos porque estábamos juntos. El pibe con el que soñé este hijo que ahora crece en mi panza, que lo soñamos juntos, de mil maneras.
Ese pibe. Ahora no quiere más. El amor se le fue de adentro como un líquido.
Y yo, que estoy llena de él en cada rincón mío, me siento de pronto como una caracola seca.
No hay más hogar. No hay más familia. No hay lo que yo pensé que era irrompible: el amor.
Hoja seca que me quiero caer del árbol. En este otoño. El más triste del mundo.