Sábado por la tarde.
Algunas personas forman fila para pagar en una farmacia.
Señora está en la fila, cuando Señora 2 pasa a su lado con intención de colocarse al final de la misma.
SEÑORA.- Ay, Señora, mire que recién dijeron que sí había llegado lo suyo, eh.
SEÑORA 2.- (un poco confundida primero, luego contenta) ¿En serio? Ah, qué bueno.
SEÑORA.- Sí, sí, después que usted se fue lo encontraron.
SEÑORA 2.- Ah, bueno, muchas gracias. Ahora voy.
Señora 2 sale rauda hacia el fondo del local. Entre tanto, Señora 3 ha ingresado a la fila, justo detrás de Señora.
SEÑORA.- (mientras Señora 2 se va, un poco a ella y otro poco a Señora 3) No, yo le aviso para ayudarla, porque ellos no le dijeron nada...
SEÑORA 3.- Y, no... qué terrible.
SEÑORA.- A mí me duele. Ya no hay vendedores en mi país.
SEÑORA 3.- Es cierto, antes vos entrabas a un local y el vendedor te ofrecía.
SEÑORA.- ¡Claro! ahora no te muestran más que lo que vos viste en vidriera.
SEÑORA 3.- ¡Qué bárbaro!
SEÑORA.- Y a mí me gusta, si puedo ayudar a alguien, ¿por qué no lo voy a hacer?...
SEÑORA 3.- ¡Si no nos ayudamos entre nosotros, señora... ! ¡Es una barbaridad este país!
11 mayo 2013
07 mayo 2013
Reseña de Hamlet, FIBA 2011, por Sol Lebenfisz
Hamlet (FIBA 2011)
Por la compañía Schaubühne am Lehniner Platz, dirigida
por Thomas Ostermeier.
Como se suele decir, Hamlet
es una de las obras más representadas de la historia del teatro. Un poco como
los antiguos griegos, e incluso como los ingleses de la época isabelina,
asistimos a la realización de una historia que ya conocemos (por haberla leído
o visto, porque su trama forma parte del inconsciente colectivo, por las muchas
citas que de ella se hacen, etcétera). Todos sabemos cómo empieza, qué pasa y
cómo termina. La intriga, digamos, se desplaza desde el qué hacia el cómo. Lo
deseable es que la versión haga sonar a la obra, que la haga decir desde un
lugar nuevo; algo similar a lo que sucede cuando releemos un libro y no es el
mismo libro que la primera vez.
El Hamlet de Ostermeier suena con sonidos
propios. Por empezar, suena en alemán, que no es poco decir. Claro que están
los subtítulos, pero es sin dudas una experiencia interesante escuchar esos
textos en un idioma con una cadencia tan diferente de la propia, olvidarse por
momentos de la traducción para ingresar en un nivel de comprensión puramente
material. Entonces la intensidad, las pequeñas inflexiones, los gestos, cobran
dimensiones mayúsculas.
También hay que decir que el dispositivo escénico de Jan
Pappelbaum es maravilloso, y que plantar al podrido reino de Dinamarca en el
barro/cementerio es un gran hallazgo.
Este Hamlet es oscuro. Lo mortuorio se instala de un modo absolutamente
tangible en una primera y descollante escena que es el entierro del Rey
Claudio. Esta escena no existe en el texto original, Ostermeier la crea y logra
condensar en ella gran parte de la esencia del espectáculo, con una belleza
poético-cómica extraordinaria.
La puesta utiliza muy bien el
recurso del video, el cual se re-significa en cada escena, pero siempre está
justificado dramáticamente. Algo similar sucede con el espacio, que muta de
modo casi imperceptible, y con los actores, que interpretan a varios personajes
cada uno -a excepción de Hamlet, interpretado por el genial Lars Eidinger-.
La duración (casi 3 horas) puede resultar
un poco excesiva -independientemente de que estemos o no habituados-, porque el
clima que se propone tiene una gran densidad (apoyado en la música, que es otro
de los puntos fuertes), especialmente en la segunda mitad, en la que el humor
claunesco que domina el comienzo deviene sombrío y desbordado. Pero este pasaje
de lo cómico a lo trágico resulta totalmente adecuado, porque es también el
tránsito que hace Hamlet desde el dolor llano hasta la turbación. Y esta
turbación de la que se ve definitivamente cautivo, desborda el escenario y se
empieza a filtrar entre el público. Una propuesta fuerte de Ostermeier es que
Hamlet no sea un héroe idealizado, caballeresco, que duda frente a su deber
moral de vengar a su padre porque teme convertirse en un asesino. Este Hamlet
transita un camino de degradación/putrefacción, tanto psicológica como física,
y rebasa la cuarta pared para impedir que el público se desentienda de esto. Algunas
personas optaron por irse en algún momento de la función, y no creo que fuera
solamente por el tema de la longitud: algo de esa degradación nos incomoda, nos
toca el hombro y nos recuerda que Dinamarca es un no-lugar, porque es todos los
lugares. Antes de dar lugar a la representación de “La Ratonera”, Hamlet dice
que el teatro muestra la realidad tal como ella es, y que sentado tranquilamente
en el público podría haber un asesino (tras lo cual, un actor filma a las
personas ubicadas cerca del escenario, cuya imagen se proyecta en el telón).
Esta intromisión estupenda de la realidad en la ficción y de la ficción en la
realidad resuena: los asesinos están sueltos.
El oprobio es que el
comportamiento errático de Hamlet no hace más que dilatar su accionar político
(la venganza), y lo transforma en un pusilánime descomedido (valga la
paradoja), enojado con todo y con todos (público incluido), que solamente
volverá a reconstituirse en el momento de su agonía final; en el momento en el
que la farsa que ha montado se termina, y sólo queda el silencio.
27 marzo 2013
re t a ce a r
me encanta la palabra
*retacear*:
hacer de retazos algo
o
hacer retazos de algo
(y también,
en su acepción más mezquina,
escatimar lo que se da:
acortar todo lo posible
un trozo de tela
de modo que,
sin dejar de ser lo que es,
no sea ya lo que era
ni llegue a ser lo que hubiera sido,
pero sin levantar
la más mínima sospecha)
me gustan, en el once, las cajas de retazos:
pedacitos de tela que
sabedios por qué
acabaron ahí,
qué tijera desbocada
cortó de más -o de menos-
qué moda pasajera
deslumbró un verano y después
olvidó para siempre
sus alegres retoños
deshilachados
me gusta el retazo generoso
que a la vuelta de cintura se hace falda
o el que, lentejuela mediante,
anima un viejo almohadón desvaído.
y esos otros coloridos
con los que no se sabe qué hacer
pero todavía alegran el costurero
entre carreteles de hilo
alfileres huérfanos y
un dedal pequeñito
encasquetado para siempre
en el séptimo botón
de un saco de seis.
21 febrero 2013
Pájaros chocan contra cristales
Tal vez en el futuro
Los pájaros sean de cristal
Y atinen a volar contra otras cosas
Poseídos por un fervor destructivo.
En mil pedazos estallarán
Contra el lomo de algún oficinista,
El brillo dorado de algún zapato fino,
La mejilla de nácar de algún niño.
O como botellas de varios colores
Arrojadas con furia por un ebrio
Irán a estrellarse contra los coches
Harán sonar las alarmas
Romperán las vidrieras
De los negocios de moda.
Entonces el mundo
Tendrá que cambiar
Volverse más blando
Y por fin los pájaros
Volverán a ser lo que fueron.
12 febrero 2013
la resonancia
Dice Noé Jitrik lo siguiente: que el silencio posee formas y que hay cuatro órdenes de problemas inherentes a esa idea de formas del silencio. Uno de estos órdenes es el de las configuraciones. La resonancia es un modo de configuración del silencio. Y ahora cito:
"De la "resonancia" se puede decir que es lo que queda del sonido en el silencio, que se convierte, de este modo, en medio propagador. Pero no todas las resonancias son iguales ni sus efectos son semejantes para dar cuenta de la forma del silencio. En una lectura que se detiene, por ejemplo, en la rima, arefacto que busca específicamente la resonancia así como en la música el gran acorde final, dos reacciones suelen producirse; una la de quien se pregunta: "¿Qué pasó?", tratando de entender una perplejidad o una emoción, y la otra de quien experimenta un sentimiento de inminencia, como si presintiera que ese silencio resonante va a dar lugar a otra cosa, indefinible y poderosa, un hecho o un discurso. La primera da lugar a un silencio que podemos llamar "reflexivo" (...), y la segunda, a un silencio que podemos llamar "preparatorio".
En este último, tematizado en el discurso, el mencionado sentimiento de inminencia se traduce en amenaza o premonición; lo ilustran con claridad situaciones de la naturaleza como, es muy común, presentir en un ominoso silencio atmosférico una tormenta o un terremoto o algo que se gesta en una selva que exhala, en su silencio, algo siniestro, o, por lo menos, nada bueno (...)"
04 noviembre 2012
cuerpo de agua
a brazo de oso
nadar
corriente arriba
a fuerza de cielo
de estrellas mudas o
enmudecidas
pobre reflejo atento
cuerpo de agua
lento
se escurre
entre las piedras
a brazo dormido
en tu horizonte
famélico
corriente arriba
el paisaje se espesa
la tierra se confunde
con el barro
el pastizal se enreda
en su pelo
espejo de viento que vuelve
trayendo las cosas
que ayer
pobre lengua
seca
quiso y no pudo
su nombre se fue borrando
cuerpo de agua
lento
se fue escurriendo
entre las piedras
pobres cabezas
encendidas
como faroles en la tormenta
cuerpo de agua que
en el barro
se espesa y arrastra
corriente arriba
todas las palabras
de amor
prometidas
01 octubre 2012
los tres
Esta foto me habla. Me habla más en estos días, en que los tres están tan presentes.
Hay una suerte de síntesis en la imagen. En las caras de los tres. En sus manos. El sol en la cara. El río detrás.
Y yo que ahora lo sé todo. O casi. O mucho. Los miro y pienso: ahí está toda la historia. Lo que ya era y lo que vino después.
Ahí estoy yo, también. Me veo. Me reconozco.
Hay una suerte de síntesis en la imagen. En las caras de los tres. En sus manos. El sol en la cara. El río detrás.
Y yo que ahora lo sé todo. O casi. O mucho. Los miro y pienso: ahí está toda la historia. Lo que ya era y lo que vino después.
Ahí estoy yo, también. Me veo. Me reconozco.
07 septiembre 2012
Los boletos son buenos señaladores para las lecturas de colectivo.
Además de señalar la página en la que se abandonó la lectura, pueden señalar, años después, qué se estaba leyendo en un determinado momento.
Recién saqué de la biblioteca un ejemplar feíto de Así habló Zaratustra, porque lo voy a vender, y tenía tres marcas de boletos. Uno del 2, otro del 3 y otro del 5 de agosto de 2005. El día cuatro parece haber sido salteada la lectura, tal vez porque no viajé a ningún lado. El primer boleto es de la línea 29, tomado a las 13:10. El segundo, línea 60, tomado a las 11:52 de la mañana. El último es del 15, a las 14:22.
Ahí quedaron los boletos, señalando qué leí, cuándo y dónde. Nunca terminé el libro. No puedo recordar a dónde iba.
29 agosto 2012
"¡Cortá de una vez ese teléfono!"
Sospecho que nunca más volveremos a usar esa frase, tan habitual de mi adolescencia.
En mi época (sospecho que decir 'en mi época' me coloca en posición de vejez inminente), en mi época, reitero, la sociabilidad púber estaba profundamente ligada al aparato telefónico. Luego de una jornada escolar, o de cualquier otro tipo de encuentro social, en la insoportable soledad de la casa (soledad en el sentido de sin pares), el teléfono era el vehículo de reencuentro con los amigos, el novio, la novia, que también padecían la incomprensión familiar, allá en su casa.
Mi teléfono, cosa curiosísima, tenía la forma de un ratón. Horas hablando por el ratón azul. Casi puedo sentir el hormigueo que quedaba en la oreja después de las extensísimas conversaciones. De qué hablábamos tantas horas, me pregunto e intento recordar. No quiero decir que eran conversaciones más profundas que las del chat, pero sí voy a decir que hablar por teléfono era una actividad con costo. Chatear, nos parece, es gratis. Pero hablar por teléfono tenía una consecuencia económica directa ("¡Vinieron quinientos pesos de teléfono el mes pasado!" reprochaban los señores padres) Hablar por teléfono implicaba ocupar la línea. Ocuparla de un modo definitivo: si alguien está hablando por teléfono, nadie más puede hacerlo ("¡Fulano me dijo que estuvo una hora intentando comunicarse!" se quejaban) Chatear, en cambio, no ocupa nada. Es más, podemos chatear mientras hacemos un montón de otras cosas, no solamente en la computadora. En el chat el silencio no existe, lo cual es lógico porque en rigor tampoco existe el sonido. Pero quiero decir: el silencio no es vacío. La réplica anterior queda ahí, en el mismo sitio donde apareció, mientras vamos a atender el portero eléctrico o nos hacemos un café. Claro que alguno que otro se pone ansioso cuando demoramos en responder. Pero ahí están las palabras ya dichas, llenando el vacío. El silencio es otra cosa. El silencio telefónico es dinero desperdiciado.
El celular permite otro tipo de control. Antes, la cuenta de teléfono kilométrica podía atribuirse a la conjunción de habitantes de una casa, independientemente de la fuerte sospecha que recaía en el elemento púber. Uno podía contraatacar: "Vos hablás un montón también, y Mengano llama a larga distancia". Salvo casos extremos de persecución mediante el temido "detalle", la pelota era más fácil de repartir. El celular, en cambio, no admite confusiones. Cada uno gasta lo que gasta. O, más adecuado: consume lo que consume. Hay un crédito, como en los jueguitos. Si se te termina el crédito, game over. El sistema tiende a la auto-regulación.
Al "¡cortá de una vez el teléfono!" sobrevino el "¡alguien que atienda el teléfono, por favor!". Porque el "alguien puede estar tratando de comunicarse por algo importante", ha sido abatido por "si es importante, me van a llamar al celular".
En fin.
Un día, quizás, les comentaré estas cosas a mis hijos, y ellos me mirarán con una cara parecida a la que puse yo cuando mi mamá me dijo que, en su época, la tele era en blanco y negro.
En mi época (sospecho que decir 'en mi época' me coloca en posición de vejez inminente), en mi época, reitero, la sociabilidad púber estaba profundamente ligada al aparato telefónico. Luego de una jornada escolar, o de cualquier otro tipo de encuentro social, en la insoportable soledad de la casa (soledad en el sentido de sin pares), el teléfono era el vehículo de reencuentro con los amigos, el novio, la novia, que también padecían la incomprensión familiar, allá en su casa.
Mi teléfono, cosa curiosísima, tenía la forma de un ratón. Horas hablando por el ratón azul. Casi puedo sentir el hormigueo que quedaba en la oreja después de las extensísimas conversaciones. De qué hablábamos tantas horas, me pregunto e intento recordar. No quiero decir que eran conversaciones más profundas que las del chat, pero sí voy a decir que hablar por teléfono era una actividad con costo. Chatear, nos parece, es gratis. Pero hablar por teléfono tenía una consecuencia económica directa ("¡Vinieron quinientos pesos de teléfono el mes pasado!" reprochaban los señores padres) Hablar por teléfono implicaba ocupar la línea. Ocuparla de un modo definitivo: si alguien está hablando por teléfono, nadie más puede hacerlo ("¡Fulano me dijo que estuvo una hora intentando comunicarse!" se quejaban) Chatear, en cambio, no ocupa nada. Es más, podemos chatear mientras hacemos un montón de otras cosas, no solamente en la computadora. En el chat el silencio no existe, lo cual es lógico porque en rigor tampoco existe el sonido. Pero quiero decir: el silencio no es vacío. La réplica anterior queda ahí, en el mismo sitio donde apareció, mientras vamos a atender el portero eléctrico o nos hacemos un café. Claro que alguno que otro se pone ansioso cuando demoramos en responder. Pero ahí están las palabras ya dichas, llenando el vacío. El silencio es otra cosa. El silencio telefónico es dinero desperdiciado.
El celular permite otro tipo de control. Antes, la cuenta de teléfono kilométrica podía atribuirse a la conjunción de habitantes de una casa, independientemente de la fuerte sospecha que recaía en el elemento púber. Uno podía contraatacar: "Vos hablás un montón también, y Mengano llama a larga distancia". Salvo casos extremos de persecución mediante el temido "detalle", la pelota era más fácil de repartir. El celular, en cambio, no admite confusiones. Cada uno gasta lo que gasta. O, más adecuado: consume lo que consume. Hay un crédito, como en los jueguitos. Si se te termina el crédito, game over. El sistema tiende a la auto-regulación.
Al "¡cortá de una vez el teléfono!" sobrevino el "¡alguien que atienda el teléfono, por favor!". Porque el "alguien puede estar tratando de comunicarse por algo importante", ha sido abatido por "si es importante, me van a llamar al celular".
En fin.
Un día, quizás, les comentaré estas cosas a mis hijos, y ellos me mirarán con una cara parecida a la que puse yo cuando mi mamá me dijo que, en su época, la tele era en blanco y negro.
19 julio 2012
<:>
desde arriba
podía verse
el armazón terrible
del tornado
como un trompo
de alambre
que en su violento
remolino
arrastra todo:
lo pequeño
-las hojas
que quedaron del otoño,
las hormigas,
los pinceles
sin lavar
de algún artista,
los tréboles,
las zapatillas,
el adorno floral
de una mesa
de cocina,
un pequeño retrato
en blanco y negro,
envoltorios
de caramelo,
una vincha
de la época
de Xuxa-
y también lo
inconmensurable
-algunas almas,
el amor precioso,
el silencio-
el tornado se cerraba
como un cofre
y al rodar,
el vacío inefable
de su centro
se quedaba sin aire
sin cielo y sin tierra
hueco
voraz
desaparecía.
03 julio 2012
una crónica felina
Llego a casa y afuera es invierno. Bruno me recibe con maullidos de reclamo. Lo primero que hago es ponerle comida, pero él se queda mirándome de lejos, sentadito. Inmutable.
Me siento en la compu, como olvidando por un instante su presencia. Entonces viene corriendo a mi regazo y se pone a ronronear a todo volumen. Y me mira con sus ojos de gato, inexpresivos.
-Hola- le digo.- Llegué.
Él entrecierra los ojos. Me adormece.
15 junio 2012
El abrazo
Se apoyó, de espaldas, en el filo de la mesada de la cocina y sintió que todo se desplazaba hacia atrás: ella, la mesada, la cocina, la casa; y, como por el efecto que produce una puerta giratoria, después estaba del otro lado, del lado del sueño. Una noche de invierno, lejana e irreal, comprando chocolates en un kiosco, con la sensación de tener puesto un gorro de lana, y un acompañante mudo. Ella veía pasar al hombre en bicicleta, como si fuera una casualidad -eso que había esperado y nunca ocurría por aquellos años. Pero era una aparición deliberada, porque se bajaba de la bicicleta, o, mejor dicho, la abandonaba como si saltara de un tren en movimiento, y se acercaba, él también, con un gorro de lana. Vagamente se podría decir que traía un papel en la mano, pero esto no es seguro porque, en cierta forma, era un papel intermitente. Lo importante no era el papel sino la noticia -como si en realidad el papel no fuera más que una garantía de la existencia de la noticia, por así decir. Y, a decir verdad, tampoco era importante la noticia, ni la bicicleta, ni el/los gorro/s de lana; lo importante fue el abrazo. El abrazo claro, prolongado y sincero, algo así como una constante en medio de la intermitencia de todo lo demás. Como una constancia, el abrazo selló algo, rodeó el tiempo y la emoción, redefinió el vínculo.
En la transparencia siempre poco confiable de la vigilia, el suceso del sueño reapareció algunas veces, la imagen se repitió en loop durante todo el día. Pero con el correr de las horas se volvía más y más intermitente, más difuso, más ajeno.
Apoyada de espaldas en el filo de la mesada de la cocina se le ocurrió que el tiempo tenía cabeza y cola, como la serpiente, y que en su fatigoso intento de unir ambos extremos se desplazaba siempre hacia adelante, espasmódicamente, trazando la huella infinita de un bucle.
En la transparencia siempre poco confiable de la vigilia, el suceso del sueño reapareció algunas veces, la imagen se repitió en loop durante todo el día. Pero con el correr de las horas se volvía más y más intermitente, más difuso, más ajeno.
Apoyada de espaldas en el filo de la mesada de la cocina se le ocurrió que el tiempo tenía cabeza y cola, como la serpiente, y que en su fatigoso intento de unir ambos extremos se desplazaba siempre hacia adelante, espasmódicamente, trazando la huella infinita de un bucle.
24 mayo 2012
copipeist
dar sentido
eso es lo que busco
un poco de todo
para empezar
y llegar al fondo
de(l) asunto
ahora esto
con aquello
volver:
se vuelve
y buscar en las cajas
lo que otra vez sirve
nada se pierde, nada.
cortoypego
pego
corto
pego
corto corto
pego
atravieso el collage
como si fuesen charcos
que quiero pisar
eso es lo que busco
un poco de todo
para empezar
y llegar al fondo
de(l) asunto
ahora esto
con aquello
volver:
se vuelve
y buscar en las cajas
lo que otra vez sirve
nada se pierde, nada.
cortoypego
pego
corto
pego
corto corto
pego
atravieso el collage
como si fuesen charcos
que quiero pisar
07 mayo 2012
zoom
De a poco nos vamos acercando.
La otra vez, soñé que aprendía a alimentarl@.
Esta vez, mucho más abstracto, soñé con el amor que me inspiraba. Un amor distinto a todo.
Siempre me pregunté si es posible soñar con lo que no se conoce, o no se vivió. Soñé muchas veces con paisajes en los que nunca estuve, por ejemplo. Pero desconfiaba, "en algún lado los debo haber visto", decía.
Y ahora esto, que no se parece a nada. Que no es paisaje, no es imagen. Emoción pura.
Muy loco.
La otra vez, soñé que aprendía a alimentarl@.
Esta vez, mucho más abstracto, soñé con el amor que me inspiraba. Un amor distinto a todo.
Siempre me pregunté si es posible soñar con lo que no se conoce, o no se vivió. Soñé muchas veces con paisajes en los que nunca estuve, por ejemplo. Pero desconfiaba, "en algún lado los debo haber visto", decía.
Y ahora esto, que no se parece a nada. Que no es paisaje, no es imagen. Emoción pura.
Muy loco.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


