Antes
-cuando digo "antes" me refiero a un tiempo no exacto, sí lejano, pero no claramente definido en sus límites-
Antes, digo, el verano era poco menos que un paso a una nueva dimensión. Quiero decir, antes, en el mes de Diciembre, sucedía una especie de suspensión del tiempo y el espacio, y el verano era un momento larguísimo, sideral; como meterse en un gigantesco túnel amarillo del cual se salía en otro año calendario y, lo que era aún más definitivo, en otro año escolar. Sí. Era como haber viajado en el tiempo.
El verano era un tiempo de profundos cambios, y el reencuentro con los compañeros de colegio, a comienzos del mes de Marzo, venía con ese gustito a nuevo, siempre reforzado por el estreno de cuadernos, lápices, y otros útiles escolares. Marzo era un momento de comienzo. Un nuevo comienzo de uno mismo: distinto peinado, aritos o pulseritas nuevas, glándulas, estatura, bronceado, actitud... en fin. Pelotudeces si se quiere, pero totalmente genuinas.
Hoy
-cuando digo "hoy" me refiero a un tiempo no exacto, sí cercano, pero no claramente definido en sus límites-
Hoy, digo, el verano no es más que dos meses y medio que se pasan volando. Diciembre tiene aceleración propia, es una cuenta regresiva. La Energía Colectiva empuja al Año Saliente con frenesí, casi con violencia. El Año Entrante es recibido con copas y pompas y explosiones; y la velocidad apenas amaina los primeros días de Enero, que es un mes ameba. En Febrero no pasa demasiado, en general, y sin embargo también pasa al tun tun o al galope, o como bicicleta en empedrado. Y de pronto, páfate: Marzo. Marzo, que hasta en su nombre desborda de escolaridad. Pero nosotros, los grandes, no empezamos nada en Marzo. Somos lo mismo que en Diciembre, pero con un par de kilos de menos o de más, algún colorete en la piel, algún que otro souvenir de las vacaciones...
El verano pasó y sin embargo, no pasó nada.
Este es el primer año en que siento claramente que mi vida adulta ha sido despojada de ese verano sideral, pongamoslé. Y anuncio: no sé si me gusta.
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