27 agosto 2018

27/8/18

 Ando perdida y soñando desgracias

neurosis no resueltas

de hijos y carreras 

y fracasos,

abortos clandestinos

no practicados,

mesas de finales de ping pong

sin haber preparado un solo texto

sin haber parido al hijo

no deseado

y deseado al mismo tiempo

Lucero, le iba a poner.

como Paulino, el de Ascasubi.

Algo me va diciendo

este barro de angustia

este destierro del libro

del texto 

y del cuerpo.

Duermo a intervalos

para orillar los sueños.

Pa que me achuren.

12 febrero 2018

Verano 1 y 2

Ruedo,
en el sueño,
por el barrio de Saavedra.
No voy en bicicleta sino
en algún otro dispositivo
que me hace rodar a mí,
como a un bicho bolita
o un armadillo de la pampa.
Estoy feliz y no siento miedo,
aunque es de noche y paso
por abajo del puente.

Voy a una fiesta donde servirán choripán.

Llego
y me acerco a la parrilla.
Todo está muy bien, pero
mi choripán se demora en salir.
Entonces
recuerdo que dejé a mi hija
con alguien más,
que me espera y yo
tardando en esa fiesta.

Salgo;
camino para un lado y no es.
Pierdo tiempo.
Mi hija me espera y estoy tan triste.

-

Se hace tarde en ese pueblito
tan pequeño como un gran supermercado.
Salgo de un bar, tengo que ir a otro
o, en tal caso,
volver al hotel.
El mensaje es confuso.

La calle “Lemuel” al 1700.
Alcanzo a ver un mapa:
debo caminar hacia allá, y hacia allá.
Es todo lo que sé antes de que
el celular
se convierta en un sobrecito
de veneno para cucarachas.

En el camino, paso por el hospital.
Una conocida entra a parir.
Es de madrugada.

Cruzo las vías.
Voy con una multitud,
como a la hora pico
en la ciudad.

Pero es de madrugada,
en este pueblito tan pequeño
como un gran supermercado.

Somos una manada,
caminamos por unos terrenos verdes
al costado de la vía.
No veo bien, pero
algunos
van entrando a las fiestas
que hay del otro lado
del alambrado.


Yo no. No puedo detenerme.
Tengo que encontrar la calle “Lemuel”,
tengo que reencontrarme con los míos.

La noche avanza. Termina.
Salgo a la luz
al costado de unas canchas de tenis.
El sendero está embarrado.
No tienen asfalto estas calles
de pueblo.
Estoy disfrutando el paseo.
Recién me doy cuenta.

Pasando las canchas,
debería estar la calle que busco.
Una mujer con uniforme
y su credencial (“Sandra”)
abrochada en la camisa.

-Hola, Sandra. ¿Cuál es Lemuel?
-Este pasillo que nace acá.
-Tengo que ir al 1700.
-Es en la otra punta.

El mundo se me viene abajo.

Estoy en el sector de jardinería.

24 junio 2017

El gesto

Acabo de construir el barco en el que voy a hundirme.
Desoí las señales del sueño, o no supe interpretarlas, no sé.
Porque lo cierto es que intentaba concentrarme en la lectura, en la entonación apropiada que debía darle a las palabras cuando salieran de mi boca.
Fue un instante, un levantar la vista al frenar en el semáforo. No había nada que quisiera ver, pero algo quería ser visto. Un gesto: el de comer medio pomelo como quien sorbe las entrañas de un animal muerto.
Lo vi y él me vio, mirándolo. Quiero decir, yo no lo miraba; en realidad, apenas si lo vi. Pero algo quería ser visto, lo buscaba.
El ver no puede evitarse. Yo sé, desde chica, que no está bien mirar a la gente, siquiera a las cosas ajenas, como indagando. Pero ver, cuando se tiene buena vista y los ojos abiertos, no es algo que se pueda arbitrar con la voluntad.
Así es que lo vi, acabo de verlo chupando la fruta, y de paso vi también sus chancletas y su pantalón andrajoso.
Ahora él me está mirando; yo lo veo por el rabillo del ojo porque a mirarlo no me atrevo ni fue en ningún momento mi intención. Alcancé a ver que tiró los restos del pomelo en el cesto de la basura, y el semáforo no abre y se ve que tiene unas monedas porque veo que ya no está de pie, mirándome, en la esquina, sino que ha subido al colectivo y me mira ya sin discreción alguna, avanzando por el pasillo. Me mira como increpando, porque lo he visto -sin proponérmelo, pero esto él no lo sabe-.
Ahora no puedo concentrarme en la lectura ni en el ensayo. Se ha sentado a un pasillo de distancia y no me quita la vista de encima.
Suelo atender las advertencias de los sueños. Hace poco evité toda una semana el barrio del Abasto a causa de unos arcos vidriados salpicados de sangre y brea que había soñado. Aparecían en medio de una conversación con mi madre, y ella insistía en que no mirásemos hacia arriba. Me hablaba de la póliza de papá y me decía ‘mirame a los ojos’, pero yo sentía la sombra del edificio proyectada sobre nosotras y no podía evitar levantar la vista -no la cabeza- y ver los arcos vidriados llenos de salpicaduras rojas y negras. Me arreglé bien sin pasar por esta zona una semana entera, pero esto tenía que hacerse hoy, dijo mamá.
Tengo los ojos clavados en la página tres del libreto. Lagrimeo. No sé por qué no me permito pestañear. Temo -es eso- que, involuntariamente, mis ojos se vuelvan hacia la izquierda, en la confusión de cerrarse y abrirse; hacia la punta marrón de la chancleta de goma que marca el pulso sobre la elevación que le toca en el piso porque está justo sobre el neumático.
¡Qué iba a relacionar el neumático del sueño con levantar la vista y verlo chupando el pomelo!
Yo estaba jugando en el patio de una escuela que no era mía, saltando como en una rayuela de neumáticos. No dentro, sino sobre ellos. Y eran de una consistencia mucho más blanda que lo normal, suaves como un merengue, que me impulsaba hacia arriba; me hacía dar saltos inverosímiles hacia el cielo. Ya llegando al final de la rayuela, el último neumático que pisaba no me expulsaba, como los otros, hacia arriba y hacia adelante; me retenía, pegajoso, derretido, abrazado a mis zapatos como brea caliente. Si hubiera podido, habría dejado mis zapatos en lo que ya era un charco de brea, para liberarme. Pero estaban tan ceñidos a mis pies que era imposible. De pronto el charco era un mar, los zapatos eran de gamuza, se habían mojado y pesaban, me hundían bajo las olas.
La chancleta marrón, en cambio, rebota un poco por su cuenta, a destiempo del pie amarillento que le da vida. El neumático está abajo y en movimiento. Qué me iba a imaginar, yo. Y, de todos modos, en qué otra forma viajaría hacia la audiencia, que no puede posponerse, dijo mi madre.
Me concentro con fuerza en el final de la página tres. Es donde termina mi parte. Igual, debí memorizarlo todo, incluyendo los documentos y las actas. Mi declaración no debe contradecir en nada al resto del expediente. Es importante, dijo mi madre (ya no recuerdo si en el sueño o fuera de él, pero da lo mismo), que mi actuación sea “verosímil”. El problema ahora es que él se ha sentado a un pasillo de distancia y no me quita la vista de encima.
El mar se revuelve en torno al barco, lo hace girar sobre sí mismo. El barco es redondo y no sabe detenerse, gira como un trompo; gira hasta ya no ser un barco sino un remolino de agua absorbido por el vacío de la rejilla.
Ya estoy por llegar a mi destino y no ha cambiado nada. Podría bajar conmigo, seguirme. No quiero pensar que me ha reconocido, ¿cómo podría? Sin embargo me mira como increpando, y hasta parece saber lo que contienen mis papeles y hacia qué propósito me dirijo.
Vuelvo a la página para distraerme del agobio de sus ojos y de su chancleta marrón, gastada y sucia. De sus uñas amarillas y resecas como caracoles. Debe tener olor a pomelo en las manos, y, aún, ese picor de la cáscara alrededor de la boca.
Yo no sé por qué esa es la imagen que el tiempo imprimió en mi memoria. Podría haber sido cualquier otra, pienso, y probablemente no estaría ahora en semejante situación. Si mamá me hubiera podido acompañar habría sido distinto; ella no hubiera permitido distracción alguna, mis ojos no se hubieran despegado del papel y el gesto de chupar el pomelo como sorbiendo las entrañas de un animalito muerto hubiese quedado ignorado y anónimo en esa esquina del Abasto. Entonces él no me habría visto mirarlo. No, qué digo; no me habría mirado viéndolo.
La declaración debe hacerse, dijo mamá esta mañana, y se quedó esperando que le hicieran la diálisis. Yo no quiero fallarle porque el tratamiento es largo y costoso, y sin la póliza va a ser imposible de pagar. Pero ahora las palabras se me han revuelto como un mar embravecido, como un océano furioso, como un dios afrentado. No creo poder hacerlo bien y tampoco estoy segura de que él vaya a dejarme bajar, o de que no vaya a seguirme. ¿Y si lo hiciera? ¿Si se aferrara a mis zapatos ceñidos, como brea caliente, y no me dejase avanzar hacia la oficina de la aseguradora?
Mirame a los ojos, diría mi madre en el sueño o fuera de él; concentrate. La declaración debe hacerse, debés decir todo de manera convincente. Repasar los documentos y las actas. Afirmar, con un hilo de voz, que el hecho ha sucedido, terriblemente ha sucedido. Sollozar débilmente ante lo irreparable de la pérdida y de los años compartidos que no pudieron ser. Sonreír con tristeza desvaída ante la foto ajada donde te lleva sobre sus hombros, aún vital, casi eterno, con su grueso bigote. El bigote que, con fruición, se sumergía en la pulpa colorada del pomelo, el único gesto que heredé de él y que se ha grabado en mi memoria. Podría haber heredado cualquier otro gesto, pienso, y ahora no estaría en semejante situación.  
Yo no quiero fallarle a mamá pero ya no puedo seguir avanzando con estos zapatos mojados.
Ahora papá me está mirando y su sombra se proyecta sobre mí como la de un edificio abandonado, como un frente de tormenta en altamar; me mira, increpando, porque me ha reconocido y llena el aire de preguntas, reproches y olor a pomelo.

19 mayo 2017

del deseo y su nada

que ya no sé qué deseo
ni si deseo algo

se me escapa el subjuntivo
el ojalá algún día
el "cuando..."

la fantasía
esa botella de colores
volvió a ser arena
se fundió en el gris impreciso
no tiene entidad ni forma

no creo en nada
ni en mí
ni en los otros

perdí la máscara
y las ganas

no voy a ser
no tengo lo que se necesita
no creo en mí
ni en vos
ni en nada

nada

31 marzo 2017

Mi tiempo

EL gordo patova le avisa a la empleada del Burguer que hay unos pibitos "dando vueltas" por la zona de los baños.
Dos viejos y una vieja arman reunión entre mesas y hablan del apocalipsis.
A Juli la llevé al jardín porque la vi bien. Porque, además, necesito este tiempo para mí.
Anoche, después de su vómito, cuando se durmió tan profundamente pero yo no acertaba con mi sueño, me puse a leer la entrevista a un nieto de desaparecidos. Él confiaba en el apropiador de su mamá, decía. Confiaba y lo admiraba, cuando era chico; lo quería mucho. Sospecho que aún lo quiere. Él, el abuelo apropiador, le había jurado que no había matado a nadie. Al menos no a conciencia. Lo hacía desfilar con su boina por el living el día del Ejército. Y lo debe haber amado con amor de abuelo. Puedo verlo en mi imaginación; esa devoción de mi zeide por nosotras. Lo veo.
Tengo que trabajar pero no empiezo.
Llega un oficial de policía. Merodea el local, sube la escalera. Al ratito, dos pibes solos salen hablando fuerte entre ellos. No presto atención a lo que dicen, me quedo pensando en eso: en que lxs chicxs solxs siempre hablan fuerte, como haciéndose notar. Como estrategia de intimidación, tal vez, ante la multitud de ajenos que llama a la Policía no bien los ve pasar.
Pero ya se fueron.
Quiero trabajar y no puedo. La empleada agradece al gordo patova. El oficial se retira, también, entre "gracias". Los tres viejos los miran bien. Se irradia en el Burguer esa falsa seguridad que inspiran las Fuerzas.
Un día aparecen los restos de su abuelo biológico, que resulta que había sido víctima de los vuelos de la muerte. Eso desmorona, para el nieto, la imagen magnánima del abuelo apropiador; había mentido, en esta y en otras cosas. Y esta era la evidencia ineludible de su falsía. Ya estaba muerto.
Un día mi zeide, que se estaba muriendo en el Hospital Israelita, me confesó que tenía (que había tenido durante toda mi vida, y casi toda la vida de mi papá) una familia paralela. Otra mujer. Otros hijos. Otros nietos. Me pidió perdón y quiso también, por intermedio de mí, tener el perdón de mi papá (que, según le dictaban su dolor y su sentimiento de culpa, había muerto a causa de sus errores y sus mentiras). Se lo di. Y lo perdoné, yo, verdaderamente, con todo mi corazón de nieta, porque -le dije- a mí no me había hecho nada. En cuanto a mi papá -pero no se lo dije- no estaba tan segura. ¿Quién era yo para perdonar en su nombre? ¿Cómo saber con certeza cuánto había padecido mi papá a su padre ausente, tantas noches y tantos días?. Pero el zeide se moría y le dije que sí, que mi papá lo perdonaba también.
Tengo que trabajar y no empiezo. Necesito este tiempo para mí.
El Burguer es un desfilar constante de oficinistas, mamás con hijxs pequeñxs y viejxs. Hay algo marginal en todos nosotros. Venimos porque el café con medialunas cuesta solo veinticinco pesos y porque el Burguer es un no lugar, una no permanencia, una tierra de nadie; casi una plaza, pero con techo y sándwiches.
La vieja insiste con el apocalipsis, aferrada a su misma mesa. Los circunstantes del coloquio anterior ya no están, pero ella sigue buscando interlocutores para su pesimismo alucinado. Ahora le habla a una mujer con una niñita de la edad de Juli.
Mi pensamiento vuelve a ella y la añoro.
Tengo que trabajar y no empiezo.
A mi mamá le gusta una nota que compartí en fb. Es sobre la dificultad de ser madre y conservar los espacios propios, y la actividad laboral. Pero hoy no va a venir a cuidar a Juli porque no se siente bien, así que yo voy a faltar al trabajo. Yo entiendo sus razones. No sé cuánto ella entienda las mías.
Tengo que trabajar, pero ahora no es urgente. Necesito este tiempo para mí. Para escribir. Para estar sola.
Aún así, el devenir de mi pensamiento vuelve a Julia varias veces. Tal vez necesito este tiempo para mí, para poder pensarla a una cierta distancia.
Tengo que empezar y no empiezo. Porque el domingo descubrí que ya no espero nada de la vida. Ya no me ilusiona ser Yo. No tengo -como en otros tiempos- el horizonte poblado de proyectos y fantasía.
Tengo el presente. Tengo este tiempo para mí. Tengo Julia.
Aquí me quedo; para evitar, en lo posible, morir más de una muerte.

31 enero 2017

"One"



Is it getting better
Or do you feel the same
Will it make it easier on you now
You got someone to blame
You say...

One love
One life
When it's one need
In the night
One love
We get to share it
Leaves you baby if you
Don't care for it

Did I disappoint you
Or leave a bad taste in your mouth
You act like you never had love
And you want me to go without
Well it's...

Too late
Tonight
To drag the past out into the light
We're one, but we're not the same
We get to
Carry each other
Carry each other
One...

Have you come here for forgiveness
Have you come to raise the dead
Have you come here to play Jesus
To the lepers in your head

Did I ask too much
More than a lot
You gave me nothing
Now it's all I got
We're one
But we're not the same
Well we
Hurt each other
Then we do it again
You say
Love is a temple
Love a higher law
Love is a temple
Love the higher law
You ask me to enter
But then you make me crawl
And I can't be holding on
To what you got
When all you got is hurt

One love
One blood
One life
You got to do what you should
One life
With each other
Sisters
Brothers
One life
But we're not the same
We get to
Carry each other
Carry each other

One...life

One

25 noviembre 2016

4.

¿Qué vida es esa del sueño?
¿Qué recuerdos inventados?
¿Qué nostalgia?
Un concurso de rock
En el patio de una casa tipo chorizo
(¿En Gualeguay? ¿Cuándo pasó eso?)
Un video casero
Para el colegio
Primeros planos
Actuando bastante bien
Una casa con escalera
Un estudio de médico
¿Quién vivió en esa casa?
Una patineta por los techos
De noche
Con gorro de lana
Nuestros rostros jóvenes
Adolescentes
Casi niños

Claro
Somos nosotros
Los que no fuimos
Ni vamos a ser
Eso me hizo llorar
En el sueño

21 noviembre 2016

3.

Me visitó de imprevisto
el gimnasio de Virrey Avilés.
La luz del salón al final del pasillo oscuro;
la humedad y la transpiración;
ser tu novia.
Esperar con ansiedad el ademán
de fin de clase
-un casi imperceptible movimiento de cabeza
que aprendí a descifrar-
Los alumnos saludaban, marciales;
les palmeabas la espalda
y me sonreías. Me sonreías.

De imprevisto, también,
ahora,
como un pañuelo
arrugado dentro del puño
que deja asomar un vértice,
este miedo abismo
de no volver a sentir
nunca
tanto.




20 noviembre 2016

2.

Ya no recuerdo dónde era que habitaban las formas de todo lo que es bello.
No recuerdo el incipit.
El texto se me insinúa sin contornos; no puedo apresarlo de nuevo en las palabras.
*
Amo a un fantasma, sin remedio.
Una sombra de árbol sin árbol.
Ahí, en el viento, un resto de ceniza que busca el cielo.
Nada.
*
Ya no sé escribir un poema que te alegre el bolsillo.
O no vale la pena hacerlo.
Perdimos la fe, ¿no es cierto?
O la ilusión.
Un mago enmascarado reveló los trucos.
Ya no podemos dejar de ver el mecanismo.
*
Pero.
Sin embargo.
No obstante.
*
Hay un brote.
Una bifurcación del tallo que sube hacia el sol sin pedirnos permiso.
Y es verde.
Inmensa.
No te cabe en el bolsillo, es cierto.
Pero es nuestro mejor poema.
La forma de todo lo que es bello.

1.

Es algo extraño el amor. No tiene reglas claras; es como un juego inventado por un chico.
Sacamos cartas y la mejor gana,
dice el chico.
¿Y cuál es la mejor?
Yo te digo, dice el chico.
Pero, ¿cuál es el criterio?
El chico no conoce la palabra criterio.
Te dice: sacá una carta.
Y vos sacás un tres de oro.
Ahora yo, dice, y saca un siete de basto.
Gané.
No te preocupes, seguro la próxima te sale.
Agarrá otra.
Y sacás un siete de espada
y él saca un dos de copa.
Gané, dice, con una sonrisa autosuficiente.
A veces gano siempre, susurra con ternura de cretino.
Saco yo primero ahora.
Y saca un cinco de basto.
Ya no te deja tocar el mazo,
te dice:
Tomá.
Y te da un seis de oro.
Perdiste.
¿Jugamos de nuevo? te dice.
No... no entiendo el juego.
No importa, yo te explico.

Y vuelve a empezar.

16 noviembre 2016

ese perro

ese perro
ese perro
otra vez ese perro
siempre es el mismo
y siempre es distinto
mil perros
en la calle
en la esquina
esquivando taxis
ese perro
cruzando en verde
ese perro
doblando apurado
ese perro
buscando otro perro
moviendo la cola
ese perro
ese perro solo
ese perro solo en la calle
ese perro solo en la calle de nuevo
en la misma calle
¿acá ya estuvo?
¿o no?
no está seguro
algo en esas mesas le dice
que no hay comida en esta calle
¿son las mismas mesas?
ese perro no lo sabe
no está seguro
pero esas mesas
las patas de esas mesas
parecidas a sus patas pero quietas
a sus patas tiesas que solo saben trotar
a sus patas tiesas que solo saben trotar de costadito
ese perro
ese perro solo
ese perro solo tiene hambre
y esas mesas
esa calle
las conoce
no hay nada acá
no hay nadie
solo piernas
indiferentes
solo ruedas
veloces
taxis
esa calle
ese perro
ese perro solo
todos los perros


04 noviembre 2016

La gesta de la hormiga


Cuando me desperté el lunes, estas palabras estaban verdes.
Pero pasaron unos días ahora, y otras cosas también, entonces hoy me encontré con que las palabras ya están maduras para ser escritas. Para ser ingeridas y digeridas.
Escribo esto y el café se me hierve por vez número mil.
No importa.
Las palabras han completado su gestación y deben aparecer, aunque el café se queme y la leche se haga nata.
Lo que quiero decir es pequeño, no creas.
Viene envuelto de un montón de otras cosas; es un tiempo más que me tomo para decirlo. Guardo el enunciado adentro mío un poco más, tal vez porque en el fondo tengo miedo de no saber decirlo. La idea es clara, sabés. Se fueron definiendo sus contornos durante varios instantes dispersos en diferentes mañanas; esos instantes de lucidez que le deja el sueño a la vigilia. Muchas mañanas; casi un año de mañanas.

Ahora creo que lo veo claramente y sin embargo se vuelve esquivo al querer escribirlo.

Pienso, pensé estos días, que tal vez haya vivido llenando casilleros. Poniéndole un tic a las alegrías y a las miserias. Como si todo fuera parte de un plan. Como si hubiera una magia secreta del Amor y el Destino.
Ahora creo que veo claramente ese artificio. Y ya no quiero marcar casilleros. Y ya no quiero el Amor, con mayúscula; esa mentira. Y ya no quiero el Destino; ese espejito de colores.

Ahora que me hice pedazos. Ahora que estoy sin la magia, sola, como siempre estuve sin saberlo, a la deriva. Ahora que no quiero el Destino de gesta heroica. Ahora que quiero vivir y nada más.

Ahora quiero el amor con minúscula; el de la hormiga. Al día.

28 octubre 2016

Nocturno ventoso

La noche se vuelca
en el mantel,
y es un escándalo
que nadie se atreva
a secarla.

Hay silencio de respiración
en los intervalos del viento
que golpea las ventanas.

El viento lucha para entrar,
para huir
de la noche.
Y no puede.
Cuanto más empuja,
más está en la noche.

Vuela de fiebre, la noche.
Palpita afuera, y el viento
la hiperventila.

Se derrama la noche sobre
los manteles volados.
Nadie quiere secarla.

Es un escándalo la noche,
alborotada
de viento y de deseo.

Es un escándalo la noche,
zumbando
como un insecto perdido.

Es un escándalo y nadie,
pero nadie,
se atreve a oír
lo que dice.

Está ebria, la noche.
Se ha derramado.
El viento la agita.
La tiene loca.






21 octubre 2016

Lógica del amor no correspondido

Tuve un pajarito.
Lo amaba, y lo dejé ir
Por ver si regresaba
Y era mío.

No regresó.

Entonces:
Nunca tuve un pajarito,
Nunca lo amé.

Fin del problema.

25 septiembre 2016

1.

-Señor Llamosas.- farfulló la empleada.
Llamosas se sacudió las solapas del traje con bastante lentitud, como queriendo indicar, con esta morosidad, que había esperado mucho más de lo necesario, y que ahora ella, la señorita empleada del Mercado Ictícola, debía esperarlo a él, que tenía una necesidad impostergable de sacudirse las solapas del traje.
El mercado había caído en la decadencia. Ahora las terrazas estaban superpobladas de peces que se amontonaban, por sectores, por encima de la línea de agua, produciendo un hedor insoportable. Al contrario de lo que podría pensarse, esta multiplicación aberrante de peces no redundaba en una mayor rentabilidad. Muchos grandes inversores se habían volcado hacia el Mercado Avícola que se encontraba en la ciudad vecina, por considerar a los peces superpuestos ordinarios e insalubres. Las aves, en cambio, si bien inmundas, proponían una mayor movilidad de capitales puesto que muchas de ellas migraban hacia regiones mejor reputadas y, se creía, volvían con márgenes de ganancia mucho más versátiles.
Los puestos de atención estaban abajo, en un pequeño hundimiento techado, con columnas finas de hierro de estilo art decó en cuyos ornatos de falso follaje se peleaban a muerte por despeñamiento los ratones del edificio, que vivían de la rapacidad y de los peces pequeños e indefensos. Desde la amplia sala de espera, detrás de los puestos de atención, todavía podían verse los fondos de los tanques, que, debido al atroz atiborramiento de animales, ya no eran color turquesa como en sus años mozos, sino de un verdinegro indiferenciado, en el que sobresalían ojos, aletas y bocas siempre abiertas. Los peces del mercado no estaban ni vivos ni muertos, pero seguían reproduciéndose. Y a esta hora, enloquecidos por los ruidos del tránsito urbano, cogoteaban como caños de escape obstruidos; un espectáculo penoso.
Llamosas caminó lentamente hacia el puesto de atención número doscientos cuarenta y siete, balanceando su maletín gamuzado en cuidadoso compás. Su esposa lo esperaba en la calle, porque no soportaba el olor. El matrimonio Llamosas había invertido algún dinero en acciones ictícolas, y esperaba poder cobrar esa tarde de viernes los suculentos intereses de su plazo fijo para darse un fin de semana de lujo. Por eso, y porque como todo capitalista advenedizo desconfiaban de la materialidad del dinero, se habían encontrado a la salida de sus respectivos trabajos y habían atravesado el centro de la ciudad en hora pico para llegar al mercado justamente un viernes, con lo que se demora en ir y venir los viernes.
-Con lo que se demora en ir y venir los viernes- espetó Llamosas a la empleada-, encima tener que esperar aquí algo de dos horas para que a uno lo atiendan.
-Los viernes es el peor día- contestó con irreprochable lógica la empleada.-¿Domicilio?
-Capibara cuarenta.
-Eso es acá a la vuelta.
-¿Usted sabe lo que es el tránsito de la circunvalación, señorita? Se marcha a paso de hombre.
-¿Por qué no viene a pie?
-No me demore con averiguaciones inútiles. Cuánto hay en la cuenta.
-Setecientos uno.
-¿Mil?
-¿Qué dice?
-Setecientos uno. Redondo.- ironiza el pobre Llamosas.
-Redondo.
-¿Es todo?
-Señor Llamosas, es todo. ¿Quiere ver la pantalla? Vea la pantalla. -y le señala con la uña esculpida el monitor, haciendo un tic tic tic enloquecedor.
-Debería ponerme los anteojos... pero no, no quiero ver la pantalla. ¿Se puede imprimir el ticket?
-¿Va a retirar?
-Necesito el ticket para mostrarle...
-Si no va a retirar no le puedo imprimir.
-Tengo que consultar con mi señora. Enseguida regreso,
-Sigo atendiendo, señor Llamosas.
-Es un momento nada más,
-El viernes es el peor día. ¡Alacarsis!
Llamosas hace un gesto de profundo fastidio y se va, olvidando el maletín sobre el escritorio. Camina hasta la mitad del pasillo, vuelve resoplando y mirando su reloj de muñeca.
En tanto, una señora de piernas gordas y pies diminutos se apura a a través del amplio pasillo y los piecitos apenas le responden, preocupada la señora de que Llamosas se le cuele. Se allegan al escritorio casi al mismo tiempo; Llamosas aferra a la manija del maletín que ofrece una leve resistencia porque se traba con el borde reptiliano de la cartera de Alacarsis y tira; el maletín se desprende bruscamente y le da a la señora un tumbo que la deja tarada.
"Seguridad", propone con calmo espanto la empleada. Los peces no se alborotan. Los otros inversores que merodean la sala de espera continúan afectando mal humor con los dedos en pinza sobre las narices, o agitando algún papel a una cierta distancia de sus rostros. Alacarsis parece levemente inconsciente. Llamosas, en un instante de lúcido descaro, gira hacia la empleada del puesto doscientos cuarenta y siete y le dice:
-Deme los setecientos uno míos, y lo que iba a llevar la señora.- Y amenaza vagamente la quijada de la empleada con su maletín gamuzado, mientras se oye el estruendo de un ratón que se despeña desde alguna columna cercana.