30 mayo 2020

Verdadero encuentro con las flores

Fuimos a ver a la banda. Tocaron en el playón atrás del cementerio.
Creo que ni ella ni yo pensábamos que íbamos a terminar viendo a nuestro amigo de la infancia arriba de un escenario, tocando con una banda tan grosa.
Yo me vestí como nunca, me puse la pollera corta que no me había animado a usar en la fiesta de egresados, las plataformas y un top con brillos medio transparente. Eliana fue de jeans, zapatillas y remera; cuando la vi me pareció que eso era mucho más atractivo justamente porque no era tan obvio. Ella siempre sabe qué ponerse.
Juanchi estaba nervioso, me di cuenta apenas salieron. Busqué su mirada durante el primer tema, pero se ve que las luces lo encandilaban porque miraba como hacia ninguna parte. "Vamos más adelante", le dije a Eli cuando estaban por tocar el segundo. Nos pusimos casi al lado de uno de los parlantes, del lado del escenario donde estaba Juanchi con el bajo. Hice un esfuerzo con los ojos, que me los había delineado arriba y abajo con negro. No quería llamarlo, quería que él me descubriera. Más o menos en la mitad del segundo tema ya se lo veía menos tenso, como que iba entrando en el ritmo y en el personaje de músico profesional. En el acorde final, me vio. Sonreí de verdad, por la sorpresa. Eliana pegó un grito, agitó los brazos y aplaudió, y sus ojos fueron naturalmente hacia ella. Fue un segundo solamente que nos miramos; pero sentí que se había dado cuenta de que yo había cambiado.
Cuando terminaron de tocar nos fuimos con Eliana para fumar mientras esperábamos a que terminaran de acomodar sus cosas. Habíamos quedado en ir a tomar una cerveza a lo del Vikingo.
Nos sentamos entre los yuyos esos con florcitas amarillas que crecen por todo el cementerio. Uno de los afiches de la banda se había volado hasta arriba de una lápida. Ella arrancó un pedacito del afiche y lo enrolló como filtro; después armó el cigarro sobre su rodilla, con una maestría que yo no le había visto nunca. Soplaba una brisa linda, de verano, que por momentos tomaba envión y nos revolvía el pelo.

-Sonaron re bien- dije con la voz cortada por el humo.
-Msé... no tanto... en Buenos Aires sonaban mejor.

Eliana había ido a verlos cuando estuvo en Buenos Aires, en lo de su hermana, que está hace dos años estudiando allá. Se peleó con el papá y se sacó el pasaje, todo el mismo domingo. A la semana él la fue a buscar y después de eso anduvieron más tranquilos.

-Sabés que creo que Juanchi en un momento me miró... y capaz, quién te dice...
-Dale, boluda. Tenés a toda la banda para encarar, no vas a insistir con el Juanchi de vuelta.
-No, pero en serio te digo. Hubo algo.

Estaba por contestarme, pero hizo una inspiración honda de decepción, y después dejó salir algo así como una risa, o una exhalación con ruido, que le provocó un ataque de tos. Se paró para toser mejor. No sé cuánto tiempo duró la pausa, solo me quedé sentada esperando mientras se torcía para un lado y para el otro, se ponía en cuclillas, se sostenía de la lápida. Cuando terminó, con los ojos inyectados de lágrimas, volvió a sentarse enfrente mío.

-¿De qué hablábamos?
-De Juanchi. De que por ahí hoy pase algo.
-Ya pasó... en Buenos Aires.

Se quedó con el brazo extendido para que le pasara el cigarro, y cuando se dio cuenta en vez del cigarro me agarró la otra mano y me la apretó fuerte.

-Perdoná, boluda. ¿No te había contado? Pensé que sí, estaba re segura de que ya habíamos hablado de esto, te pido disculpas. Igual no fue nada, y tampoco es que él fuera tu novio o algo así, o sea, son cosas de hace mil años, para mí ya prescribió todo- hablaba sin hacer pausas y gradualmente me iba soltando la mano hasta que al final agarró el cigarro y le dio una pitada larga, reflexiva- Vos estabas en otra, qué se yo... estábamos ahí y se dio, me puse a chapar con el cantante de la banda y Juanchi se prendió, ya ni me acuerdo cómo fue, pero en un momento el cantante se fue con mi hermana y yo me quedé con Juanchi y bueno...  nos sacamos las ganas.

Y me puso la mano en el hombro.

-Pensé que sabías.

El viento se llevó el afiche un poco más allá.

-Qué fresco se puso. ¿Vamos yendo?


Eliana quería pasar por la casa a buscar un buzo así que agarramos para el lado de los galpones, por la calle de tierra.
-¡Caminás como un pato! - me dijo, tentada.

Pisaba como podía, por las plataformas, pero en realidad estaba dura de bronca, y ella se reía para aflojarme.
En eso escuchamos a Juanchi que venía en bicicleta tratando de alcanzarnos.

-¡¡Eu!! Las estaba buscando, ¿dónde se habían metido?
-Estuvimos fumando ahí en el cementerio.
-¿Pero van a lo del Vikingo?
-Sí, sí. Estábamos yendo pero vamos a pasar por casa a buscar abrigo.

No podía hablar, los veía como si estuvieran abajo de un cono de luz y yo justo al lado pero en la sombra, como si fuera invisible. Entonoces Juanchi me miró las piernas y me di cuenta que estaba encorvada, acurrucada en esa sombra que me envolvía. Me quise enderezar pero se me trabó un zapato y casi me caigo.

-Dale, bueno. No tarden, ¿eh? Los pibes están dejando los instrumentos en lo de mi vieja y ya van para allá. ¿Qué les pareció?
-Estuvo bueno- dijo Eliana- estuvo re bueno.

Juanchi sonrió, y acomodó el pedal como para arrancar. No sé de dónde me salió la voz:

-En el segundo tema te aflojaste.

Con un pie en el aire, y el otro en el pedal, giró la cabeza hacia mí y y largó una risa grande, como un volumen de agua que está retenido y de pronto se derrama.

En ese momento apareció un auto por la esquina, y dobló de golpe. Era el baterista. Venía solo, con un pucho apagado pegado en la boca. No llegó a frenar, sólo aminoró y gritó por la ventanilla.

-Juanchi, vamos rápido, tu vieja se descompuso.

Largó la bicicleta como si estuviera electrizada y le hubiera dado corriente. Se metió en el auto casi sin abrir la puerta y se alejaron haciendo ruido de motor viejo y dejando una nube de tierra.

Eliana los corrió un poco, yo no podía por las plataformas.

-¡Eu! ¡Avisen qué onda!

Levanté la bicicleta y la llevé del manubrio hasta el lugar de la calle donde había quedado Eliana, las  manos sobre las rodillas, respirando agitada.

-Qué cagada, la puta madre- me pasó un brazo por arriba de los hombros y se colgó. Yo solté la bici para sostenerla. Nos abrazamos.
-A lo mejor no es nada...- le dije.
-Bueno, pero igual. La noche ya está arruinada.

Levantamos la bicicleta, agarramos una de cada lado del manubrio y seguimos caminando despacio por el costado de los galpones.


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