Hay días amargos. Se presentan así desde temprano, vienen enganchados del mal sueño.
Esos días pienso en él, y lo extraño tan en silencio que me asusta.
Hay días que son como caramelos.
Hasta el ruidito del envoltorio es placentero.
Se abren y se dejan comer, porque saben que esa es su misión.
Esos días pienso en él y me resulta extraño, ajeno. Lo pienso en voz alta, grito su nombre, y no hay efecto. Es pasado.
Hay días ácidos también. Esos cuando tengo pensamiento en todos los poros. Esos de plena conciencia.
Esos días pienso en él y tengo broncas, y me río, y me despecho, y me lloro un poco, y saco conclusiones. Esos días son veloces, porque me canso. Pero son productivos.
Y de golpe hay un día caramelo-ácido. Son los días más raros.
Esos días pienso en él y quisiera darle un abrazo, y luego dejarlo partir para siempre.
Por ahora son así los días. Esta es la escala.
Pero vendrán días nuevos. Quién sabe, tal vez con la primavera vengan los días de los olores, los días de los sonidos... Tal vez vengan los días en que no piense más en él.