-Sálvese, Ramírez. El fuego me alcanza sin remedio. Me quemo en la mayor de las desidias.
-No quiero dejarlo así. Usted no comprende la dimensión del espanto.
-No dramatice, Ramírez. Es sólo fuego. Y apréstese a correr, hay sombras rondándolo.
En tal caso, ¿qué garantiza la reunión casual de dos que se conocieron, amaron, traicionaron, extrañaron, acompañaron, sufrieron, alejaron?
Nada.
Tampoco está a la orden del día la casualidad que reúne a los que jamás se han visto y sin embargo podrían conocerse, amarse, traicionarse, extrañarse, acompañarse, sufrirse, alejarse.
Mierda. Mis especulaciones inútiles.
Y pasan los días en el pasillo. Son gente que sabe que va, pero no sabe a dónde.
-Desenchufe el televisor, hace lluvia.
El hombre desenchufa, siente una patadita y piensa:
"La lluvia sin dudas ha mojado el cable"
Qué impaciencia por vivir.
No le veo la gracia.
-Usted tiene problemas para desapegarse, Ramírez.
-Por favor, no me haga esto.
-No tenga tanto recato. Abandóneme ahora y resigne el heroísmo.
-No insulte mi escudo.
-Déjeme en paz.
Des-gracia.
Recién entiendo.
Pululan rozándome en los codos. Es como una provocación, y saben cómo me pongo, de poros tiesos, de banderines en pecho. Me provocan abrir más los ojos y los dedos.
-Ramírez es usted patéticamente tierno.
-Es mi trabajo señor.
-Mire cómo se consumen los techos… usted ha saboteado mi muerte.
-No se haga el poeta. El fuego es algo serio.
-Yo quería sutileza. Bájeme Ramírez. Me hace quedar como un idiota.
06 octubre 2005
Sálvese Ramírez
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