El pasillo era largo y terminaba en un desnivel. Había que dar un salto para aterrizar en ese departamento oscuro, casi pozo, donde esperaba un perro blanco con manchas marrones. La señora andaba por ahí, en su parte de la casa, y amenazaba con su locura. El perro, en cambio, no había ladrado siquiera.
Los visitantes intentaban abrir la puerta del cuarto que venían a ver, que era una cuadrícula de hierro oxidado, como esas protecciones para balcón. Adentro había cosas arrumbadas del mismo color óxido de la puerta.
Se oía un disparo. Todos sucumbían al terror. Alguien iba a ver.
La mujer había querido dispararse en la cabeza, pero no había apuntado bien. Alguien la ayudaba, le disparaba en la cabeza, pero le agujereaba el brazo. La mujer gritaba, ya no se quería morir, le ardía el tiro y por primera vez no estaba loca. No se quería morir ni que le ardiera el brazo desgarrado por el tiro. Nadie sabía que hacer. El perro no estaba más, y afuera el pavimento estaba blando, ya no había más tierra bajo los pies, no había lugar seguro.
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