Por fin aparecía. Y todo cobraba sentido.
De chica era clarísimo que él existía, que era la causa de todos los males.
Aquí, en el sueño, había que atravesar una cortina metálica que se cerraba lentamente, para entrar a su búnker de malvado.
Mi madre pasaba primero, resueltamente. Después nos animábamos mi hermana y yo.
Él tenía planillas con nuestros nombres anotados. "Tonta, tonta Sol", decía en un par de casilleros, en una de las columnas. Tenía una pantalla de televisor, nos hacía pruebas. Juan daba la prueba. Era muy difícil: iba pasando imágenes a toda velocidad, e, intercalados, flashes de luz blanca. Había que identificar los flashes, creo que cerrando los ojos. Para no caer en la hipnosis.
Habíamos ido a pedir explicaciones. "¿Temperley?", difusamente preguntaba mi madre. No se armaba bien la pregunta.
Era él. Él se los había llevado a todos. Y nuestros nombres estaban en su planilla.
Huíamos. Mario no estaba, él lo había escondido. Bajo nuestros pies, saltábamos un pozo de taller mecánico, y abajo alcanzábamos a ver a Dixie. La tentación de bajar, ver quién más estaba, llevarnos a Dixie de vuelta a casa.
Mi madre saltaba; ahora era una pileta de agua fría, pleno invierno. El club ése donde las chicas hacían deportes en la primaria. Deshabitado. Un quincho que recordaba de un acto escolar. Y escarcha sobre el pasto.
Estábamos arriba. El búnker, el villano, todos, habían quedado abajo.
Y la pregunta que no se podía formular, sin respuesta, como un eco, significándose a sí misma.
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