Si yo fuera científica
del Conicet
presentaría un proyecto
para inventar el brebaje
de la felicidad.
Al tomarlo
se sentiría en el cuerpo
la cosquilla prístina
del primer beso.
La probaría primero
conmigo
en el desayuno.
Eventualmente,
no podría dejarla.
Sería su esclava.
Viviría besando
y siendo besada
con esa ansiedad
con esa promesa
con esa magia
de la primera vez.
Me acecharían
temblores
y espasmos
de amor
a cada rato
(porque llevaría,
escondidas en la cartera,
algunas dosis,
y las administraría
con celo
durante todo el día)
En algún momento
el médico diría
que ya fue suficiente.
Que ningún cuerpo aguanta
esa intensidad
arrolladora
prolongándose en el tiempo.
Que nada puede
ni debe
durar para siempre.
Entonces yo dejaría
el brebaje
y vendrían los sudores
los padecimientos
de la abstinencia.
Me aferraría a la cama
como una posesa
clamando por una gota,
siquiera,
de esa emoción
esperanzadora.
Tendría la fiebre del llanto
y el llanto de la fiebre.
Y si alguien,
compadeciéndose
de mi estado,
viniera y me besara
los labios
amoratados por la angustia,
yo nada sentiría.
Ni amor
ni deseo.
Sólo una leve cosquilla
parecida al desengaño.
1 comentario:
Es verdad, lo que hace placentero de esas sensaciones es que sea únicas, y esporádicas...
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