Fue hace nueve años, Julia.
Teníamos poco más de veinte cada uno, y ya habíamos probado nuestros besos, pero sin todavía decidir qué hacer con esa magia.
Yo compré un plumín con tinta y una libreta; un par de excusas para verlo.
Nos sentamos en una esquina, como nos gustaba hacer en ese entonces. Le di mi regalo. Le gustó.
Nos sentamos a comer panqueques en Carlitos, como solíamos hacer en ese entonces.
Hablamos un rato, supongo. Una conversación de esas que están ahí para llegar a otra cosa, un relleno hecho de silencios y palabras.
Entonces él me dijo un piropo y ahí sí, echó a andar el tiempo de esa noche.
Nos dimos unos cuantos besos, y una promesa de amor que sólo la luna supo, en la puerta de mi casa. Al día siguiente me fui de viaje con esos besos atesorados en los labios.
Y hubo una vez que decidimos redoblar esa promesa. Él habló de un cuento que había estado en el bolsillo de su saco durante mucho tiempo, recordándole algo importante. Habló del hogar. Papel y tinta, una modesta forma de sentirse en casa. Todo eso que ahora, parece, ya no tiene valor en su mundo.
Un día vinimos a ver esta casa y nos paramos en el cuarto vacío, mirando para adelante. Parecía inmensa. Era una tarde lluviosa de Agosto y la casa prometía su refugio. Y en esa trayectoria (la de nuestros ojos, desde la punta del cuarto hasta el balcón) entraron muchas ganas.
Hoy están ahí, en ese cuarto que soñamos para vos, todas sus cosas, listas para que se las lleve. Porque esas promesas se rompieron, o esas ganas se pusieron viejas, o se le volvieron ajenas.
Entonces, Julia, hay este último desgarro antes de recibirte. Después, te prometo, ese cuarto va a ser tu luna. Tu refugio y tu taller de sueños. Algo, sí, va a quedar de este dolor. Una historia que voy a contarte con las palabras más sencillas que encuentre. Porque, sabés, yo sí creo que la historia está impregnada en cada uno de nuestros poros. Que soy -que somos- también el recuerdo de lo que fuimos. Si no fuera así, Julia, no te estaríamos esperando.
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