Había una vez un Pobre Tipo. Tenía barba y usaba unos anteojitos muy simpáticos.
Le gustaba comprar el diario a la mañana y meterse adentro, figurativamente, mientras desayunaba café con leche y dos medias mediaslunas.
Una mañana de esas, sin temor a equivocarse, el Pobre Tipo fue a comprar el diario, se sentó en el bar y comenzó su rutina. Abrió el diario despaciosamente, como siempre lo hacía, separó las secciones, las ordenó alfabéticamente sobre la mesa, y se dispuso a meter la nariz de lleno en la parte troncal del diario (que era la que menos le interesaba, y, por eso, la primera en ser despachada).
El mozo y propietario del bar, no bien lo vio entrar, comenzó a prepararle la infusión y a cortar las mediaslunas en prolijas mitades. El café ya humeaba en la taza, cuando observó que el Pobre Tipo era absorbido por su diario de forma total. Ya no era solamente su espantosa nariz, ni tampoco su espectacular cabeza, las que se introducían entre los pliegues del papel, sino que el mozo vio, literalmente, cómo el diario se lo comía.
Una vez finalizada la fagocitación, el mozo, desde la barra, temblequeando, atinó a preguntar "¿hola?". Cosa en sí misma bastante estúpida, porque es una pregunta cuya respuesta no puede ser otra cosa que otra pregunta, igual o más desconcertante.
Por supuesto que no hubo respuesta. Solo el sonido rasposo de las hojas del diario entrechocándose, siendo mecidas por la corriente de aire.
Temeroso aunque incrédulo, el mozo se fue acercando lentamente a la mesa donde descansaba la bestia de papel. Unos pocos centímetros más allá habían caído los anteojitos del Pobre Tipo.
Barajando, aunque a medias, la posibilidad de correr la misma suerte que su cliente, el mozo decidió conservar una distancia prudencial, y se limitó a tomar una silla y blandirla en dirección al diario. Con una de las patas de su improvisado escudo, tanteó la portada del diario. Este no hizo ningún tipo de movimiento, como si estuviera resistiéndose al empujoncito. El mozo tanteó un poco más fuerte, logrando abrir un poco la primera página. El resto de la escena se sucitó tan velozmente que no hizo ni ruido. El diario se había tragado también al mozo. Y a la silla.
A todo esto, llegaron al bar unas tres o cuatro personas que primero se indignaron por la demora del servicio. Pero luego, una vez que se avivaron de la total acefalía que reinaba, empezaron a dilapidar las medialunas, las masitas, los pebetes y los sanguches de miga. Luego se dieron cuenta de que podían llevarse el mobiliario, y ahí estaban ingeniándose para apilar mesas, sillas, la máquina de café, una heladera. En principio, nadie reparó en el diario. Quedó tirado en el piso, después de que la mesa donde se apoyaba fuera removida. Los ladrones notaron que no iban a poder acarrear todo eso a pie, por lo que resolvieron llamar un flete. Ahí fue cuando vieron el diario.
Todos fueron devorados, incluso la pila de cosas que iban a llevarse. Al diario le dio un poco más de trabajo tragar la heladera, pero finalmente lo logró. Y ahí quedó tirado durante algunas de semanas, sumido en el abandono y la digestión.
Pasado ese lapso, aparecieron los inversores, arquitectos y agentes inmobiliarios, convencidos de demoler el viejo bar abandonado por sus dueños, para que en su lugar se irguiera un coqueto edificio de lineas modernas, con loundry, sum, cancha de tennis, solarium y pileta. Un negoción.
Enseguida llegaron las excavadoras, los obreros, las estructuras de hormigón, los andamios, los ladrillos. El edificio crecía y crecía, como un cíclope ciego en busca del sol. El diario había quedado sepultado bajo la monstruosa esctructura, había sido tragado por una bestia más poderosa.
Hasta que un día de sol, mientras los foráneos habitantes del condominio tomaban daikiris en la orilla del natatorio, el diario empezó a succionar desde las entrañas de la tierra. Toda la estructura arquitectónica empezó a tambalear.
Fue una lucha sangrienta, bestia contra bestia. El edificio luchaba por mantenerse erguido, y el diario acometía para tragárselo como a un tallarín.
Aquello duró algunas semanas, en las que ningún ser humano se atrevió a intervenir.
Tan parejas eran las fuerzas, que estos dos monstruos terminaron fundiéndose el uno con el otro en forma de implosión.
Y así fue como en el lugar en el que, alguna vez, había habido un bar, ahora había una porción de abismal infinito.
Los daikiris, los residentes extranjeros, la pileta, el sum, el hormigón, los agentes inmobiliarios, los arquitectos, los inversores, los ocasionales ladrones, la heladera, la silla, el mozo y el Pobre Tipo; todos acabaron flotando en círculos en un vórtice horrendo por los siglos de los siglos, y más.
2 comentarios:
jajaja bueníiiiiiiiiisimo!!!! Hay que hacer un corto de esto!! Sos una genia.
Demonios! Sabía que ciertos ávidos lectores devoraban libros, pero no que diarios voraces deglutieran personas e incluso edificios... Muy gueno, che.
Publicar un comentario