20 marzo 2010

fotografía con olor a churrasco

El olor del churrasco, el silencioso gesto de agradecimiento, el ruido de los cubiertos contra el plato, su lento girar de la cabeza hacia atrás.
Una cena en la mesa de un bar viejo, mirando el partido.

El instante se abrió grande, como una habitación enorme y vacía, como una habitación con muchas camas, donde el sueño es silencioso y hay un hueco adentro de cada almohada; la habitación está en una gran casa, donde nadie vive pero muchos duermen: de noche se llena de respiraciones que marchan a ritmos distintos, y de día se vacía entera, como una exhalación.

Era un joven que se había parado en la barra y conversado unos cuantos minutos antes de ocupar una mesa.
Primero vino la ensalada, después el jugo. Él no los tocó. Hasta que llegó el churrasco, expidiendo un olor hogareño al que respondió con una franca sonrisa.
Afuera, contra el vidrio, un hombre con una radio en la oreja y los dos ojos en la pantalla del televisor.
El joven terminó de cenar y pidió la cuenta.
Salió caminando algo apurado y dobló enseguida la esquina.
El partido seguía, pero él sólo comió y se fue.
El tránsito de gente había ido menguando en ese rato. No era tan tarde, pero lo parecía. Es lo que pasa en esos barrios, donde vive poca gente. De día es un hormiguero, y de noche el silencio.

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