Cosas muy extrañas pasan, pero la cosa es que se vende la casa. La celeste. La casa-patio. La casa-casa. El ropero es enorme, y a la chica le gusta. "Piden poca plata, a comparación de otras casas", se entusiasma. Tiene pecas. Yo estoy segura de conocerla de algún lado. Ella recién vuelve de viaje.
"¿Y cuánto es que piden?" pregunto, que no estoy enterada, a pesar de estar vendiendo la casa.
"Cien mil cuatro" me dice ella, sonriendo, y revisa el ropero casi metiéndose adentro.
"Es que hay mucha humedad", digo yo, señalando el techo. Y todos miramos para arriba: el techo tiene un enorme, gigante manchón color humedad, e infinidad de agujeritos por los que empieza a caer agua.
"Es que esta casa era de mis abuelos", explico, "y hace como tres años que está sola. Los debe extrañar". Ahí me quiebro y lloro. Los demás se contagian. Lloramos todos. Llora la casa.
1 comentario:
guau...
coshita...
todos nos vamos
me fui
(w)
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