21 abril 2006

Cayó piedra sin llover


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-Ja

-Ja, qué?

-Jaque mate.

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El tema es así.

Ella entra al bar. Inmediatamente ve una mesa libre junto a la ventana -No es la de la otra vez, pero sin embargo, piensa, es el sitio exacto en el que quiere estar-

Vacila de pronto: derecha o izquierda. (Por alguna razón descarta automáticamente la silla frontal, hacia la calle)

Mide la luz, de forma completamente infructuosa, más bien buscando una excusa para definir la disyuntiva. Algo le dice derecha, pero la luz.

La luz. A esta altura ya es evidente que no tiene idea de cómo incide la luz sobre la mesa y mucho menos aún de cómo debería incidir, ni para qué se ocupa tanto de la luz si al fin y al cabo está por anochecer y ya han encendido los faroles.

Se decide por impulso.

Derecha:

Se sienta en la silla de la derecha -aunque la luz- porque hay más espacio hacia atrás y ella tan inquieta. -Tan casi claustrofóbica, a golpes de espanto en los ascensores-

Ella se ha sentado allí por mero impulso, pero detrás de todo impulso hay una razón, un designio.

Pide un cortado y un cenicero, como si el cenicero formara parte del menú. Ella piensa fumar, es por eso. Quiero decir. Ella piensa fumar del mismo modo que piensa tomar café, del mismo modo que piensa estudiar; y para todo esto se ha sentado en el bar.

Saca del bolso: el cuaderno, la lapicera, el libro de estudio. Dispone todo sobre la mesa, prolijamente, siguiendo un principio espacial que consiste en una especie de rompecabezas. -Más para hacer lugar al pocillo y el cenicero que por puro metodismo. Y sin embargo a eso viene, qué curioso- Abre el libro de estudio en la hoja señalada con papel de cigarrillo: “Algunos conceptos metodológicos básicos”.

Llega el café, cierra el libro. Por no correr el riesgo de mancharlo, piensa.

-El sobrecito de azúcar espera su escena con cierta impaciencia, asomando entre todos los otros un poco por encima-

Toma un sobrecito de azúcar y lo rompe con precisión cinematográfica. Justo en el borde, un triangulito perfecto (¿isósceles?). Perfecto.

Con una leve inclinación, deja deslizar el azúcar de forma gradual, melodiosa. -Hay una medición exacta para esa inclinación, para el sobrecito palo de agua- Ah, perfecto. Se hunde silenciosamente entre la espuma de leche, magnificencia en miniatura.

Es, sin embargo, un asombro ajeno al glaciar de azúcar lo que demora su acción de tomar la cucharita y revolver el café con un tintineo rítmico, apretado. –Porque los ojos, vagamente, han estado mirando todo el tiempo por la ventana-

Toma, sí, la cucharita. Pero tan lentamente.

Con idéntica lentitud camina él, bordeando la ventana, por fuera, en la calle. Con tal lentitud que los ojos se encuentran ahí donde la luz no espeja el vidrio. –Cámara lenta-

-Ay, se ven-

La cucharita se detiene, él también.

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