No hay nada peor que ver pasar las horas
-los días-
como zapatos en una estantería.
A veces se adivina un horizonte
a donde los zapatos caen en picada
-como los barcos del mundo viejo-
y desaparecen dejando una nubecita de polvo.
En este mundo, que siempre es el mismo,
hace falta entrar por un cucurucho
en el laberinto concéntrico del pasado
para darse cuenta
-oh, fatalidad-
que el tiempo se mide en momentos
y que cada momento es pequeño y veloz
y que cada momento es pequeño
se calzan esos zapatos
y corren, corren, corren
Pero da igual porque al final
los fagocitan
o caen en un silencioso abismo
de zapatos viejos
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