Cada tanto, me parece muy extraño tener un nombre.
Que la gente se refiera a mí, mediante mi nombre. Que me llamen, y yo responda. Que, al ser pronunciado mi nombre, yo sienta algo, o accione de una determinada manera. Que mi nombre me denote, me refiera, me identifique.
Mi nombre tiene tres letras. Una sola sílaba. Es redondo. Me siento identificada con su sonoridad. Con su materialidad. Lo siento espejo, casi siempre (salvo esas veces en que lo siento extraño, ajeno, artificial)
Pero no sé si esto es porque verdaderamente el nombre me nombra o porque ya estoy tan atada a él, de forma indisoluble, que no puedo pensarme sin pensarlo, ni pensarlo sin pensarme.
2 comentarios:
Interesante reflexión, a veces cuando te leo siento que me leo.
Sentir el extrañamiento de golpe, cuando lo habitual se vuelve tan ajeno.
Adhiero.
:}
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