La semana pasada nació este bebé
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mi primo Andi, el último orejón del tarro de los primos porque (ahora sí) ya no creo que haya más nacimientos.
Es el primer primo de mi adultez, por decirlo de alguna forma. Lo soñé mucho antes de que naciera, y vino casi tan cachetón como en mis trailers oníricos. Es todo redondito. Se parece a sus dos hermanas (vale hacer mención de su boquiabiertez y de su amor desmesurado por el nuevo hermanito)
Y yo... quiero ser parte de su vida. Ja. Suena medio a telenovela, pero es muy verdad. Quiero llevarlo a pasear, y enseñarle cosas y eso. Cuando nació mi prima Flor yo tenía 12 años. Me acuerdo que era muy difícil lidiar con la obsesividad de mis tíos, había que volverse completamente aséptico para acercarse a ella (aséptico se dice?). Y aparte yo todavía no era independiente como para decidir cuándo ir a visitar a mi prima, y mucho menos para llevarla a la plaza.
Carol nació cuando yo tenía 14, y como que ya estaba muy en mis cosas de púber. Eso, más el distanciamiento de las familias, medio que no compartí mucho de sus infancias. Ahora que ellas están más grandes, y a pesar de sus múltiples actividades, jornadas dobles, club, natación, jockey y etc, piden ver a sus primos grandes, y cada vez que nos juntamos nos divertimos mucho y yo me sorprendo cada vez de lo grandes, lindas, inteligentes y graciosas que son.
Punto y aparte, cada vez que nace un bebé me pongo a pensar en cómo será cuando sea grande, la relación con los hermanos, y, como si el tiempo fuese el fueye de un acordeón que se estrella en el centro, también me pongo a pensar en la infancia de los que ahora son grandes o viejitos, y me imagino al bebé de viejito y etc.
Juan no para de comentar que los bebés tienen cara de viejitos sabios, y que todos se parecen a Yoda.
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