me acosté en la cama sin deshacer, con la ingenuidad de quien ha tomado un vasito de cerveza y se quiere relajar mientras otros se fijan por qué carancho no anda el dvd que alquilamos justo a la mitad de la película... me dejé caer y ¡PINCH! como una aguja en el brazo; grito (ay), y me levanto como un resorte porque rápidamente empiezo a sospechar que no fue una aguja sino una horrible alimaña la que me causó el pinchazo. Me levanto y la porquería corre o se desliza, huyendo de su amenaza (yo) y grito para que prendan la luz y le veamos la cara al cobarde. Está escondido entre los pliegues de la frazada, su trinchera... sacudimos y zas, sale disparado; y pof, lo pisamos. (Esto podría haberse resumido en tres onomatopeyas: pinch, ay, zas, y pof. Ah, cuatro.)
Y ahí empieza otra historia, la de las mutaciones de la picadura. Primero muchos granitos chiquititos y rojor, luego una única roncha bien definida con un agujerito en el medio, como un volcán, luego se empieza como a derretir y se esparce el rojor, y el dolor se va y viene el calor.
Y yo me muero de miedo porque mirá si era venenoso! Y Juan busca en internet información, porque estamos en el medio de la sierra y así es como los antiguos pobladores de estas tierras se prevenían contra las alimañas: buscando en google.
Después medio que lloriqueo y nos llevan al hospital: a mí y al bicho (muerto). Ya nada podemos hacer por él, pero al menos que nos digan si es venenosísimo y me voy a morir, o si soy una exagerada porteña de mierda.
Claramente eso piensa la primera doctora que me (nos) ve. Y no le entiendo mucho las indicaciones que da, aparte de que repite mucho la palabra necrosis con acento cordobés. Me hace receta de un antihistamínico y nos vamos al otro hospital, en el que son más capos y tienen los sueros antiofídicos. Ahí me hacen sentir un poco menos pelotuda, me hacen pasar a un consultorio, me toman el pulso, la presión y me auscultan. Me hacen un par de preguntas y un par de recomendaciones, y me dicen que el bicho que me picó es el menos malo, y que me quede tranquila. Nos preguntan si nos queremos llevar al bicho, y les decimos que no, que está bien, que se lo pueden quedar.
Volvemos a la casa. Pienso en lo que dijo Juan, de cómo a la noche salen una cantidad de alimañas que uno ni se imagina. Y me angustia lo difícil que es vivir con esta necesidad de controlar todo.
Casi al instante me desconcentro. La luna es claramente un pedazo de queso: amarilla y hermosa.

1 comentario:
jajajajaja
Y yo lo profeticé.-
Esta barba me da superpoderes.
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