Para viajarse solo hace falta tener un poco de tiempo libre, oscuridad circundante y algo de humedad en el pecho.
Los paisajes son variados. La mayoría son conocidos, y los vemos a través de las rendijas que teje el tiempo. Los espiamos y nos vemos, porque ya estuvimos ahi. Nos saludamos apenas, para no levantar sospechas, asomamos un poco las yemas de los dedos y nos acariciamos la mejilla. Volvemos a llorar, acompañándonos. No es bueno que Uno llore solo. Y el espía, es decir, Dos, que ya vivió eso, ya lo lloró, ya sabe que después hay otros paisajes, llora y acompaña al del recuerdo, a Uno; le da palmaditas en la espalda. Es necesario que esté Dos acompañando, aunque Uno no lo vea. Aunque Dos esté de rodillas, atrás de un biombo. Aunque Uno no se de cuenta del todo, lo percibe. Sabe que mañana, que después, que dentro de muchos años, Dos.
(*) Lo corregí. Lo cambié bastante, en realidad. Porque ayer Uno, y hoy Dos.
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