
Nombrar a alguien muerto, escuché o leí -o sé del saber popular- que es, en una forma poética o trascendental, traerlo a la vida. En realidad me parece que es traerlo al pensamiento, lo cual me suena bastante más razonable. Resulta que no es devolverle la vida a esa persona, sino traer su recuerdo, su impronta, a nuestra vida actual.Lo que pasa cuando alguien importante de nuestra vida se muere, es que dejamos de nombrarlo cotidianamente como lo hacíamos. Su nombre pasa a formar parte de una serie de ritos, de los consagrados, o de los íntimos, pero ya no de lo cotidiano. Pasa a ser una palabra que nos pone tristes, porque recuerda la ausencia. Representa su propia oquedad, su indiferencia para con la realidad.
Nombrar a quien no va a venir, a quien no va a responder, a quien ya no se nombra a sí mismo, tiene mucho de absurdo. Y de tragedia.
Sin embargo nuestro nombre nos sobrevive, y por algo debe ser. Nombrar a un muerto es atar en un mismo nudo el pasado y el presente. No es negar su ausencia, porque cuando se recuerda es porque se tiene la certeza de lo que ya no es. Pero al nombrar, algo de ese silencio inabarcable de la muerte, se quiebra.
2 comentarios:
AH, QUE LINDO ESTO.
beso esquimail.
ruinas circulares de borges.
es clave.
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