10 octubre 2007

siesta

Acabamos de poner café en el microondas, si es que el microondas realmente existe. Irrelevante, en este punto. Lo cierto es que unos cafés se están calentando, y que suena de fondo la música exacta para este momento: un miércoles por la tarde, día bisagra en la semana llena de cosas, cuando pasamos por acá para dormir una siesta o algo, y el tiempo se ríe en nuestra cara.
No hay cama, parece. Pero hay colchón, y es blando en el tujes cuando apoyamos nuestras ganas de tener más domingos a la semana. Más semanas entre la pava y el mate, cerca de la playa o ahí donde estemos los dos.
Compartimos el cielo ese instante. El cielo a solas no se disfruta, la siesta tampoco.
Yo duermo como una enredadera. Con mis pies te atrapo, para que no se te ocurra dejar la siesta sin mí.

Además, si me llegara a despertar ahora, la casa podría dejar de existir, o no haber existido nunca.

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