Qué laboriosa tarea la de tomar cada día uno, dos, o tres naipes del mazo, tal vez al azar, o tal vez elegirlos minuciosamente; hábilmente colocarlos sobre una superficie lisa y segura, a reparo del viento, y con extrema suavidad posar uno sobre otro formando un delicado ángulo de cartón. Qué tarea más decente hacer varios de estos triángulos, y luego depositar sobre ellos, a modo de pasarela, otros naipes, y así terminar de formar un primer piso de la pirámide, o del castillo, como queramos llamarlo. Maravillosamente esos naipes inertes de pronto se yerguen majestuosos, haciéndole creer a la vista que son más resistentes que una estructura de hormigón. Y entonces sabemos que no hay peligro, que todo debe seguir su curso vertical, y, lenta y cuidadosamente, construimos otro piso de naipes, haciendo pequeños pero fundamentales cálculos, para no romper el delicado equilibrio entre el aire y esos sencillos rectángulos de cartón, a los que tantas y tan diversas utilidades damos.
Nuestro proyecto arquitectónico tiene ya dos flamantes pisos, perfectamente alineados piramidalmente, y entonces sabemos que hemos de llegar al final del asunto, que ya no hay vuelta atrás, que es imperioso ver la obra terminada.
Emprendemos la cada vez más frágil tarea de calcular los puntos de apoyo para evitar el derrumbe, pero lo hacemos estoicamente, construimos dos, y hasta tres pisos más (dependiendo de la base, evidentemente) y llegamos a poner el último triángulo o casita, especie de torre vigía o cereza de la torta.
Luego, allí está nuestro castillo de naipes, glorioso e insuperable. Lo admiramos porque conocemos su fragilidad. Admiramos con pasión su desafío permanente a la ley de gravedad: es un castillo voluntarioso, y nosotros lo hemos construido. Nuestro orgullo.
Y de pronto, una brisa imperceptible nos hace flamear un pelo en el aire. El castillo resiste, pero nosotros no: sin ya poder contener el impulso, una mano se lanza sobre la superficie lisa. Un grito estruendoso no sale, sino que se queda retumbando dentro nuestro, y ya es demasiado tarde, la mano barre de un solo golpe la base del castillo, y contemplamos el derrumbe con una lágrima en el porche del ojo. El derrumbe es hermoso y terrible. El castillo cae y se derrama. Casi al mismo tiempo, empieza a llover.
3 comentarios:
Laboriosa tarea tambíen la del blogger, que combate la indiferencia del mundo internetil en sus propias tierras, y que intenta identificarse y distinguirse, soportando la estampida de distinciones e individualidades numerarias, que de tanto agarrarse al piso se pasaron pal otro win, y estan hoy enterradas hasta el cuello, pidiendo a los gritos que no los confundan con la chusma. Noble, tarea también la del Sr Bill Gates, que pone a disposición su ingenio y su fortuna, para aliviar un poco, el peso de unas almas abrasadas por la duda existencial y las necesidades más mundanas. Tremendo favor nos hace a nosotros, que alzamos nuestras copas en su honor.
Pero che, ya nos drogamos? Si blogger es de google y Billy es el mayor accionista de Microsoft!!!
ay dios... porque desviaron de tal modo el asunto?? porque!!!!????????
malos.
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