"(...) sin embargo, cuando el Conejo, sin más, se sacó un reloj del bolsillo del chaleco, y lo miró y apuró el paso, Alicia se levantó de un brinco porque de pronto comprendió que jamás había visto un conejo con chaleco y con un reloj en su interior. Y ardiendo de curiosidad, corrió a campo traviesa detrás de él, justo a tiempo de ver cómo se colaba por una gran madriguera que había bajo un seto. Allí se metió Alicia al instante, tras él, sin pensar ni por un solo momento cómo se las ingeniaría para volver a salir..."
(Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)
El punto exacto del cruce, es curioso,
fue una esquina
en donde una calle
se transforma en dos callecitas.
Caminaba en la dirección opuesta,
exactamente para que pudiera verle la cara,
la camisa blanca, el tambor envuelto en una sábana.
Sin siquiera poder pensar en mis pies, giré y empecé a seguirlo.
Caminé sin mirar el piso, siguiendo solamente su figura blanca,
no sé cuántas cuadras.
Esperando se metiera en una madriguera a la cual seguirlo
para luego explicarle que se trataba de mi Conejo blanco,
que yo era Alicia, que debiéramos conocernos,
que el país de las maravillas.
Presentí que se me escaparía en ésa esquina, y así fue:
lo perdí exactamente
como si se hubiese escabullido en una madriguera invisible.
Caminé otro rato como un trompo, buscando camisas blancas con un tambor.
Pensé: hubo un momento para decir hola,
cuando los ojos.
Cobarde.
Tampoco supe qué le hubiera dicho si entonces,
doblando en la plaza.
Está la milonga y me quedo absorta, no pensando.
Una calesita de tal sutileza.
Me pacifica verlos girar
bajo la glorieta.
Entonces pienso
la vida es maravillosa
y me dan ganas de llorar.
(Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)
El punto exacto del cruce, es curioso,
fue una esquina
en donde una calle
se transforma en dos callecitas.
Caminaba en la dirección opuesta,
exactamente para que pudiera verle la cara,
la camisa blanca, el tambor envuelto en una sábana.
Sin siquiera poder pensar en mis pies, giré y empecé a seguirlo.
Caminé sin mirar el piso, siguiendo solamente su figura blanca,
no sé cuántas cuadras.
Esperando se metiera en una madriguera a la cual seguirlo
para luego explicarle que se trataba de mi Conejo blanco,
que yo era Alicia, que debiéramos conocernos,
que el país de las maravillas.
Presentí que se me escaparía en ésa esquina, y así fue:
lo perdí exactamente
como si se hubiese escabullido en una madriguera invisible.
Caminé otro rato como un trompo, buscando camisas blancas con un tambor.
Pensé: hubo un momento para decir hola,
cuando los ojos.
Cobarde.
Tampoco supe qué le hubiera dicho si entonces,
doblando en la plaza.
Está la milonga y me quedo absorta, no pensando.
Una calesita de tal sutileza.
Me pacifica verlos girar
bajo la glorieta.
Entonces pienso
la vida es maravillosa
y me dan ganas de llorar.