El novio
Cada vez que entraba en el sueño venía a ser que estaba él, acodado sobre alguna mesa, inclinado sobre alguna pared, esperándola. Y no había límite para su felicidad en ese reencuentro. La ilusión de volver, en definitiva, se posaba en sus párpados cada vez que se iba a dormir. La cama, un altar de algodón donde el novio la esperaba dormida. La vida a esta altura era una marea confusa, revuelta, interrumpida cada vez más por el deseo de dormir, de ver al novio. El sueño recurrente se llenaba unas veces de finos colores, otras de paisajes inventados, o de palabras serias de guión cinematográfico. Era una delicia estarse ahí, dejando que los brazos del novio la envolvieran con tantas vueltas como pudiera desear. Era maravilla pura dejar salir de su boca esos besos como almendras, que iban a posarse en los labios de quien sólo de ellos se alimentaba. Pero ella sufría cada vez más agudamente el horror del despertar, de hallarse sola en su cama con ese hilo de luz como un rayo partiéndole la cabeza en dos. Despertaba con jaqueca, sudoración, lágrimas en los ojos y una sensación siempre renovada de abandono. Intentó, entonces, dormir permanentemente –ignorando, acaso, a la mismísima muerte-. Por supuesto este plan no prosperó. Su cuerpo la traicionaba dos por tres, para mantenerla con vida. Entonces ella se vio obligada a decidir lo que no hubiese querido nunca. Si no era posible estarse en el sueño ininterrumpidamente, si era que había que sufrir en cada despertar, si había de soportar perder al novio tantas veces como le fuera concedido amarlo; entonces era preferible matar de una sola vez aquella ilusión, dejar morir al novio para siempre. La chica se acostó con un cuchillo. El sueño vino a querer ablandar las duras decisiones, pero no bien apretó el puño recordó la funesta misión y dio muerte al novio de un solo golpe, desenlazando con sangre roja el sueño más triste de su vida. Despertó llorando, con la mano temblorosa apuntando el cuchillo a su propio pecho. Tuvo tiempo de apartar de sí la hoja filosa, antes de sentir en el cuerpo el abandono definitivo del novio, su último aliento (una cuchillada mil y una veces más dolorosa) La chica nunca más volvió a soñar
2 comentarios:
no hay de qué.
solo por curiosidad, para qué era?
Confortable saber que alguien más siente similar.
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