Lo importante es que el señor Guari no quería saber nada con pensar.
Aparte le molestaba soberanamente que las recepcionistas, secretarias, empleadas públicas, ú otras, le preguntaran todo el tiempo que cómo se escribía su apellido, que si se los podía deletrear; y todo con esa típica voz gangosa de señorita que masca chicle. Indignante le parecía que estas señoritas tuviesen tan poca voluntad en el acto de escuchar. GUARI, como suena; espetaba con poco de buenos modales y mucho de sarcasmo.
Es que, a decir verdad, nadie quería saber nada con pensar. Y era esto, precisamente, lo que irritaba al señor Guari, y lo empecinaba más en su empecinamiento de no pensar bajo ninguna circunstancia. Nadie debería hacer el trabajo de nadie, sospechaba el señor Guari; y su sospecha era fortísima.
Pero claro, era una sospecha conjugada en condicional, lo cual, se sabe, quiere decir que lo que ocurre en la realidad es exactamente lo contrario: todo el mundo espera que otra persona lo dispense de hacer la tarea que le corresponde.
Y así funcionan las cosas en el despacho del señor Aljibe, frente al cual está ahora el señor Guari - su empleado-, inerte y bufando. El señor Aljibe piensa que Guari está concentrado en sacar la cuenta que él acaba de pedirle (Guari, saque setenticuatro con ochenta y siete menos quince sesentaydos)
Pero nada que ver. El señor Guari no quiere saber nada con pensar, así que está solamente bufando.
Al rato es la hora del almuerzo y el señor Guari recibe su pizza con jamón y morrones: resulta que está sin cortar. El señor Guari enfurece, blasfema, rebuzna. Y no hay cuchillos en el despacho, por razones de “seguridad”!
Y en esto sí que estamos todos de acuerdo: no hay peor cosa que carecer de una estúpida, fundamental e irremplazable herramienta. (Como aquella vez en que el señor Guari fuese de acampante con un cargamento de comida enlatada, y sin el cochino abrelatas)
Eran las dos y diez de la tarde, y el señor Guari enterró su rostro en la pizza; un poco como rebelándose, otro poco como comiendo.
La cara se le iba poniendo aceitosa, casi transparente, y desgraciadamente ocurrió que una aceituna intrépida se le deslizó ilegalmente por la nariz, atorándolo todo.
Ahí está el señor Guari, ahogándose; pasando rápidamente del castaño claro al castaño oscuro, y después directamente al violeta.
La señorita Pirul, recepcionista del despacho, ve la escena desde su mostradorcito y piensa, en primer lugar, lo bonito que luce el color violeta con la corbata roja de Guari. En segundo lugar, le dice al señor Maraschino –cliente- que por favor busque ayuda.
El señor Marraschino corre al ascensor, pero está descompuesto. No, no el ascensor, el señor Marraschino. Y se mete al baño de sumo apuro.
Oh, qué terribles pasan los segundos en cámara lenta para el señor Guari.
¡GUARI! ¡GUARI!
Oye apenas que lo llaman.
Pero ya tiene un pie fuera de sí, y su propio nombre le suena desalentadoramente irreal y estúpido.
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