16 marzo 2006

el avión que sobrevolaba mi cama hizo una mala maniobra y se estrelló en el medio de mi frente.

No es otra cosa que náusea lo que pasa por mi esófago esta mañana, abro los ojos y el día invita a creer que es el último.
Por qué no dejar que una sangre espesa chorree por la entrepierna, por qué no ponerle al té demasiada azúcar, o demasiado poca, hacer una arcada leve en el primer sorbo y luego arrojar la taza por la ventana.
Estaba pensando que hace por lo menos seis días que me despierto a las diez de la mañana, exactamente, sin la ayuda de ningún despertador o alarma. Como si esta semana fuera un brochette atravesado por una línea que pasa por cada día a las diez de la mañana. Imaginemos esta semana en la parrilla, asándose lentamente, emanando jugos y olores, el manjar más delicioso atravesado por un palillo. Allí donde la carne se deja vejar por el palillo, a las diez en punto de la mañana, durante seis días consecutivos, he tenido la sensación de que estoy preparando el brochette para que se lo coman otros.
Esto me recuerda la náusea, el prístino dolor de cabeza con el que me amanecí hace un par de horas, las ganas de soñar en colores y de volver a enamorarme.
El cielo está tan bajo hoy que uno podría creer que subiendo al último piso de cualquier edificio y dando un pequeño salto lo alcanzaría.
O quizás sentir la presión del cielo sobre la superficie del cráneo, las ganas de quedarse en cama meciéndose en la propia mugre, la agenda vacía y los pies tiesos de pánico de pisar el suelo.

En definitiva creo que no lo puedo definir

4 comentarios:

yo dijo...

habitás en la isovigilia de las diez de la mañana.

Dada dijo...

El viernes un chico me ha dejado. Decidí para tan noble ocasión itulizar mi vestido amarillo a fin de cuentas nunca encuentro ocasión para utilizarlo.
digamos que todavía es demasiado reciente como para tener ansias de que me vuelva a pasar, es domingo, eso me preocupa. Seguramente por eso escribo.
Pero le entiendo la sensación, el vacío.

Polonia dijo...

gracias
es el primero que lo nota
a mi también

Unknown dijo...

¿O sea que el mito de Cupido era una verdadera poronga? Digo, que los niños son hijos de una trampa. No dudo que haya muchos que sí pero, ¿todos?
Cordialmente,
Yo.